sábado, 13 de julio de 2019

Sin rostro

¿Es posible transmitir sentimientos sin rostro y sin voz? 






miércoles, 29 de mayo de 2019

¿Como sería la vida sin música? ..... Impensable

Sólo se valora lo que se pierde, la vida está formada por una miles de alicientes, si hiciéramos el ejercicio mental de quitar uno sencillo: La música, de nuestra cotidianidad quizás valoremos aún otras cosas muy valiosas que aún tenemos, 
Friedrich Nietzche una mente dedicada al pensamiento dejó escrita una frase, nunca tan pocas palabras reflejan tanto: “Sin música la vida sería un error”.


Es raro, no tener una música que marque nuestra jornada diaria, por ejemplo cuando vamos en el coche, cuando estamos trabajando e incluso durante el deporte. Lo que también es cierto, es que estas diferentes melodías dependen de nuestro estado de ánimo, del día que llevamos, de la historia de amor que estamos viviendo o que hemos dejado morir, sin duda la música nos permite potenciar nuestra existencia.



Dancing in the Street










lunes, 13 de mayo de 2019

Si alguna vez por alguna casualidad os habéis despertado en medio del campo, en una tienda de campaña o sin ella, al amanecer y oís el canto de algún pájaro, seguro que será un mirlo, su trino tiene atributos similares a la música hipnótica, escucharlo es deleitarse.

Sin embargo no hay mejor música que la que se destila del bosque en el ocaso, cuando el aire huele a aire y el pino a resina caliente.

Ya entrada la noche, a través de la tierra mojada se puede disfrutar del silencio, roto por los sonidos fantasmagóricos de ciertas aves nocturnas.


Poco a poco el oído va separando las notas, los pájaros usan la siringe, el equivalente a nuestra laringe, lo que les permite disponer de dos cámaras que les deja emitir dos sonidos simultáneamente, que se van conjugando armónicamente distinguiendo tantas especies como atención prestes, mirlos, canarios aflautados, gorriones despistados, o el sonido majestuoso de los búhos.







Estaba tan absorto intentando identificar los sonidos que hasta me pareció oír una especie que no reconocía, entre tanta fiebre de sonidos distinguí el ritmo incansable de un pájaro carpintero pero mezclado con el aullido de un gato, me enfilé por un sendero que conducía a una especie de explanada entre la densa espesura de un bosque y presté más atención.


El sendero estaba flanqueado de peñascos atormentados por el sol y el fuego del cielo ardía en la tierra, ahora se distinguía claramente un gemido ansioso y repetido, me acurruqué entre las ramas del último árbol antes de un pequeño claro en el que se veían unas grandes piedras negras, unas estaban enhiestas y otras tumbadas en el suelo, me quedé sin aliento.


Encima de una de esas piedras celtas, una mujer se entregaba a un extraño ritual, se frotaba completamente desnuda contra un menhir que tenía forma de falo, enlazada la piedra con los muslos hasta formar parte de la misma, aplastaba su sexo contra la superficie áspera del megalito, subía y dejaba bajar lentamente con el empuje de sus redondeadas piernas, sus muslos eran redondeados y parecían formar de esta escultura viva, me estremecí por el deseo y una corriente eléctrica recorrió mi espalda.  


Su cuerpo desnudo se retorcía ante mi, una de sus manos atrapaba con fuerza la muñeca contraria y sus brazos de piel blanca exquisita rodeaban la piedra como dos serpientes que se mordían la cola, se retorcía en cada embate, sus cabellos de oro brillaban por el sudor y golpeaban su espalda rítmicamente como espoleada por un látigo de hilos de seda, el aire parecía estar paralizado ante aquel espectáculo de pasión desenfrenada.
Inesperadamente lanzó un grito, sacudida por un espasmo, se dejó resbalar poco a poco al suelo hasta donde estaban sus ropas.

Se repitió la escena en días sucesivos, en el ocaso del cuarto día justo en el momento en que se desnudaba, cuando iba a abrazar la piedra salí del bosque de puntillas intentando dar una imagen espectral y andando con toda la parsimonia de la que era capaz, con una rama de olivo en una mano, ataviado solo con una sábana blanca cruzada sobre el pecho, buscando el contraluz y dejando que la fantasía y la sombra alargada se escurriera entre las piedras dando una imagen enigmática y a la par majestuosa.

-Pero ¿quién eres tú?
-Kévix (Dios de la Tierra Seca), le entregué la ramita para confirmarlo.

Contesté ahuecando la voz, como si de un Dios se tratase
-¿Entonces mi sacrificio ha funcionado?
-Si, serás muy fecunda a partir de ahora, pero aún te falta el último sacrificio.

Se desnudó y allí mismo apretada su espalda contra la piedra en forma de falo, aún caliente por los rayos huidizos del sol, buscó bajo la sábana y tomó mi atributo con el respeto que exigía una ceremonia entre dioses y humanos y se la introdujo lentamente entre sus ya húmedos muslos, cuando entró suavemente esta vez me abrazó a mi y su dulzura dejó paso a una furia incontrolada, quería quedar bien como representante de las humanas, sus largas crines doradas, empezaron a tener vida propia y acabó aplastada con mis embates como una mosca ante el cristal, contra aquella pared monolítica, exploté en su interior como nunca antes y nuestros gritos fueron contestados por pájaros, ranas, grillos y saltamontes en un festival sonoro nunca oído.



Después nos vestimos tranquilamente.
-Oye ¿y esta bici? ¿desde cuando los dioses van en bici?
Curiosamente apareció mi ropa al lado, creo que había descuidado un pequeño detalle logístico. Todo mi montaje ya no se sostenía......





Cuando vayáis por el bosque prestar atención a los sonidos, las ninfas, si te pillan estás perdido.


PD Para leer este post os recomiendo quitar la música (cruz roja navegador), apagar todas las demás páginas e ir activando todos los sonidos, para recrearnos en esta noche mágica veraniega.

sábado, 12 de enero de 2019

- ¿Acaso alguna clienta te ha arrastrado dentro de la vivienda, estirando de tu mono semiabierto y te ha sentado sobre el sofá , bajando esa cremallera provocadora, para ver que curiosa herramienta oculta y has temido por lo que pudiera pasar?

El fontanero, abrumado por la pregunta de su futura clienta, se quedó petrificado, intimidado hasta el punto de ver paralizada su boca y de paso todas sus extremidades, permanecía de pie bajo el dintel de la puerta de entrada sosteniendo la pesada caja de herramientas y un tubo de PVC, inmóvil y mudo y sin que la visión del cuerpo de la mujer le ayudase, adivinado a través de un delgado vestido vaporoso muy corto, que le permitía ver unos muslos muy redondeados,  su cerebro se puso en marcha e intentó articular un “no” claro y conciso, pero salió esto.

— N… N… No.

— Ya y ahora me dirás que el mito del fontanero es completamente falso 

La mujer estaba disfrutando, sus ojos azules saborearon con lentitud y de arriba a abajo al chico que se adivinaba tembloroso, embutido en un mono azul intenso, bastante nuevo que portaba en la espalda las letras blancas, el  uniforme de “Reparaciones Gonzalez” que restaba puntos a su sex appeal de veinteañero fibrado, le divertía y excitaba a partes iguales su parálisis y timidez, a su pesar concluyó que repetiría la entrada para evitar una huida prematura.

— Empecemos de nuevo, a ver: ¿cómo te llamas?

— Jo… Jorge.

— Jorge: ¿nunca una clienta te ha pedido que les enseñes la herramienta?

— Pues…

— Habrás salpicado a alguna con tu grasa de montar cañerías.

— Yo…

Demasiadas metáforas para el pobre fontanero, incapaz ya de mirar a los ojos azules que le recorrían el cuerpo como ruedas de diamantes cortantes, que con descaro se detenían en la entrepierna, sentía que le desnudaban deseando clavarle algo más que la mirada, incapaz de mantener su mirada, bajó la vista posándola en sus desgastadas deportivas. ¿Por qué se habría puesto aquéllas tan viejas? ¿Por qué no se atrevía a materializar la fantasía de cualquier hombre, la suya incluida? ¿Que le estaba pasando? 
Por la mujer desde luego no era, no sería, su atractivo resultaba innegable, el atrevimiento sobrepasaba lo imaginable. 
Si al menos fuese capaz de articular dos palabras seguidas ....

— ¿No tienes lengua, Jorge? Porque entonces no me sirves.

La mujer estaba disfrutando con la escena. 

— Con un movimiento casi de bailarina, se puso delante del fregadero, abrió las portezuelas inferiores y abrió un grifo con tanta intensidad que se mojó la blusa, instintibemente se puso de puntillas y apartó el culo hacia afuera, al instante se puedo comprobar que el agua goteaba por el sifón.

La avería era muy sencilla, solo había que cambiar un racor del desagüe, comprobó si tenía el recambio y añadió.

— Es una reparación fácil, costara 48 €, basicamente por el desplazamiento.

Acertó a decir el fontanero acercándole a la mujer un racor nuevo de PVC, de la caja de herramientas tras haberla sacado torpemente de la funda de plástico.

— Y no tengo… Cambio.

— Ya veo, mucha sangre tampoco tienes, venga adelante con la reparación.



A continuación, se metió bajo el fregadero boca arriba y la cara bajo el desagüe y con una gran pericia y añadió una cinta de teflón y cambió la pieza, desde esa posición le pidió que abriese el grifo, ella abrió las piernas y se acercó de nuevo al fregadero, procurando abrir bien las piernas para mostrar su ropa interior, le excitaba estar ahí con un desconocido tumbado mirándole sus intimidades, mientras abría y cerraba el grifo de agua caliente y fría, lo que no impidió salpicarse y dejar mas en evidencia las oscuridad de sus pezones, en la suave tela de su blanca camiseta, pareció gustar ese extra de provocación, sonrió la mujer para sus adentros.
Incluso atrapó con su mano parte de la tela de la falda contra el mármol para que el espectáculo fuera mas evidente.
Jorge no pudo evitar ver aquellos dos muslos esculpidos como columnas de mármol y bajo el mono tuvo una molesta erección que en la posición que estaba quedaba bastante evidente.
Una vez comprobado que todo iba bien, se incorporó de la parte baja del fregadero.


La mujer acercó el monedero que reposaba sobre el mármol y retiró el dinero, dos billetes de veinte, uno de cinco y tres monedas de un euro.

— Toma, justo como querías

La mujer soltó sin disimulo las monedas a escasos milímetros de la mano de Jorge, le tocaron los dedos y cayeron éstas al suelo, rodando alegremente hasta perderse piso adentro.

— Vaya, mira que soy torpe.

De haber estado en un partido de fútbol, el pobre fontanero habría pedido la hora. Por contra, asistió a un espectáculo más propio de un salón de striptease que de el pago de una reparación a domicilio. La chica, exagerando las poses, y marcando con claridad los movimientos para que destilasen el máximo de sexualidad posible, se agachó ostensiblemente a recoger las monedas levantando el trasero para asegurarse de que las nalgas se dejaban ver lo suficiente a través del camisón, redondas, compactas, perfectas, la piel tostada sobresalía, brillante bajo la luz del fluorescente.
Jorge no podía estirar ya mas el cuello sin provocar una luxación.
El menudo triángulo blanco a la altura del coxis que ya había visto antes desde otro ángulo era el único vestigio de ropa interior, quedando casi escondida la parte trasera, que, pese a luchar con todas las fuerzas inherentes a un trozo de tela relativamente elástica, se veía absorbida sin remedio al interior viéndose atrapada entre ambas rocas carnosas de redondez casi perfecta.
 ¿Por qué no dejarse atrapar de igual manera? Era el único pensamiento que discurría por la cabeza del fontanero. Por la otra cabeza, la inferior ahora ya de mas tamaño, fluían más que pensamientos, una sensación incómoda en la entrepierna anticipaba la enorme erección que tendría lugar segundos más tarde.

— Vaya, sí que se han ido lejos la moneditas. 

A la mujer le divertía la situación, se giró sonriente hacia el fontanero asegurándose de que la blusa mojada por el agua caía con suficiente juego como para dejar al aire su pronunciado escote

— Pero ya las tengo a las dos que faltaban

Se irguió a cámara lenta, como si protagonizase la escena tórrida de una película de serie B

— Toma, Jorge.

La mujer recuperó el espacio que había perdido al ir a buscar las monedas dentro de su casa sin abandonar los ojos de la estatua que tenía enfrente, en la que se adivinaba una incipiente y poderosa prominencia. Puso el máximo de picardía en su mirada, la acompañó con el suave vaivén de su cuerpo acariciado por la fina lámina del delgado vestido, se detuvo a la misma altura del que esperaba futuro compañero de catre, rozándole la parte descubierta del mono de trabajo, con la oscuridad de aureolas, por su camiseta ligeramente mojada, bañó con su perfume intenso el aura del chico en un intento de engatusar su raciocinio y le introdujo el dinero en el bolsillo del pantalón atreviéndose a rozar con la punta de los dedos la otra punta que pugnaba por salir a la superficie.

— Entra, que te doy tu propina.


Estiró del fontanero por el bolsillo incitándole a entrar, mas bien le obligó. Éste se resistió con un paso atrás, dando al traste con la maniobra de cortejo.

—Emmm Ummh Lo… Lo siento 

Balbuceó. 

— Tengo que seguir trabajando. Y…

— ¿De verdad que no te apetece una pausa?

— Sí, claro. Pero…

— Pues ven.

— La mujer sacó la mano del bolsillo y la plantó directamente en la entrepierna de Jorge. Manoseó sin miramientos, por la dureza y sus dimensiones, el fontanero tenía de qué sentirse orgulloso, la mujer notó una humedad en la entrepierna que la invadía y no pudo evitar un gemido. 

— Lo vas a pasar mas que bien.

— Lo siento, de verdad.

Se desembarazó como pudo del gancho femenino con toda la delicadeza que pudo poner en el acto y dio otro paso atrás sufriendo la rigidez de la erección ya imposible de disimular que lo incomodaba

— Tengo que marcharme.

— Tú mismo 

Dijo la mujer suavemente pero visiblemente irritada por su expresión y sin poder dejar de mirar el tamaño considerable de la parte media del mono.

— Espero que quede satisfecha con la reparación, en “Reparaciones Gonzalez”, le damos seis meses de garantía por confiar en nosotros.

Echó a correr como pudo camino del ascensor, recorriendo los diez metros del pasillo arrastrando la pierna hasta que logró acomodarse el miembro pegándolo contra su vientre y notando la generosa humedad que manaba de la excitación. ¿Por qué se había negado? Seguramente por timidez o por no estar preparado para el momento. Al fin y al cabo, ¿lo de los fontaneros no era un mito extendido hasta la saciedad por la pornografía? ¿Cuántas veces le había ocurrido aparte de la más reciente? Echó mano de su recuerdo tratando de apartar de la mente el vaivén de los pechos embutidos sin sostén, con las aureolas coronadas por pezones oscuros y lu leve contacto en el pecho, llegó a la terrible conclusión de que jamás le pasaría nada parecido. 
Repaso situaciones pasadas, solo la naturalidad de una chica que una vez le abrió la puerta con una camiseta transparente y sin nada debajo, una mujer ya mayor que se insinuó con desparpajo y ahí se acababa todo, definitivamente nadie más aparte de la mujer que ya quedaba en el tercer piso y que había dejado escapar sólo por no estar preparado. Y por ser imbécil, pensó el chico entrando en el coche de reparto. “Imbécil, imbécil, serás imbécil…” se repitió muchas veces.

— ¡Imbecil!

Se gritó a si mismo dentro de la furgoneta, pero eso no solucionaría su escaso atrevimiento, por lo que no quedaba más remedio que arrancarlo y retomar la jornada de fontanero. Pero sus manos se negaron a sacar las llaves de la chaqueta, que aún conservaba su perfume; obligándose a permanecer sentado en el asiento del conductor al tiempo que sus reproches inundaban el espacio asfixiando su ánimo. “¿Y si vuelvo, que pasaría?”, incapaz de soportarse a si mismo. Giró la cabeza fijando la vista en el portal por el que había salido un minuto antes. Elegante y moderno, con una cristalera protegida por un portón de acero inoxidable, ofreciendo la entrada a un paraíso carnal del que él mismo se había excluido… 
Como le gustaría poder entrar de la misma manera que en ese momento lo hacía un hombre con traje, accediendo al piso deseado con toda la naturalidad del mundo. “¿Y si vuelvo?”. Sabía el piso, el nombre de la mujer y, lo más complicado, existía interés mutuo por conocer sus respectivos cuerpos. ¿Qué podía fallar? Nada. “Tengo que volver”. Lástima que el deseo fuera menos poderoso que la voluntad, quedando atado al asiento hasta que un desencadenante le agitó casi quince minutos después: un fontanero de Reparaciones, competencia suya, aparcó la furgoneta justo delante del portal, aparcó el vehículo a dos pasos, abrió el portón trasero para retirar las herramientas y tras cerrar, enfiló los pasos hasta la entrada del edificio. ¿Podría ser? Aún existía una más que probable oportunidad de enmendar el error cometido antes.

— ¿Puedes repetirme eso?, ¿Quieres hacer tu la reparación del cuarto, primera?

El nuevo fontanero de "García S.L.", no daba crédito a lo que le planteaba el operario de la competencia.
¿Por qué dejarle el trabajo si ni siquiera eran de la misma empresa? Miró incrédulo a Jorge de arriba a abajo sin notar nada extraño de lo que sospechar. Poseía apariencia confiable, no daba señales de estar bebido ni drogado, el estado de su uniforme era el correcto…

— Te pagaré el doble de lo que cuesta —aseguró Jorge tratando de ser convincente—. Así te llevarás una buena propina y ganas el tiempo de la reparación, enseñándole la pieza defectuosa.

—Pero… 
— La reticencia no era muy poderosa; aunque debía mantener la compostura.

— Toma 

Jorge le tendió al fontanero todo cuanto tenía en la cartera: tres billetes de veinte euros, dos billetes de diez y uno de cinco  

— La llamada es de el cuarto, primera ¿verdad?.

— Sí, sí…

— A nombre de Alicia Gómez, ¿no?

— Sí.

— Ya me encargo yo.


Jorge recogió la nota de reparación de las confusas manos contrarias y la firmó, extrajo de la caja de herramientas la pieza sustituida y se la entregó, recogió la nueva pieza con su protección de plástico de su competidor, este se encogió de hombros despidiéndose posteriormente alzando la mano y dejando a Jorge llamando al portal mientras retomaba el trabajo perplejo en su furgoneta.

— ¿Sí?

La voz de la mujer a través del interfono le estremeció.

— Vengo a realizar la reparación que nos han pedido.

— Sube.

Un zumbido en la cerradura le dio acceso al paraíso carnal que había abandonado veinte minutos antes sin que, en apariencia, le guardara reproches por la desconsideración. Llamó al ascensor sintiendo los nervios bullir en su estómago, aguardó a que el elevador descendiera entonando una melodía al azar que le permitía liberar la mente de la tensión, se introdujo en el habitáculo de una zancada y apretó el botón con el “4” rotulado en el centro desencadenando la maniobra de ascenso a los cielos. Entonces se le ocurrió una idea completamente loca: ¿y si llamaba a su puerta desnudo? Era absurdo, idiota, todo un riesgo en un edificio de vecinos. Pero así se resarciría del plante anterior y le devolvería la jugada demostrando que también poseía atrevimiento. ´
Así que Jorge se asomó por la puerta del ascensor una vez éste se detuvo en el cuarto piso, oteó alrededor sin ver movimientos extraños, prestó atención a cualquier sonido que pudieran atrapar sus orejas y decidió llevar a cabo la descabellada idea. Salió, recorrió de nuevo los diez metros de pasillo, abrió el maldito mono de “Reparaciones Gonzalez”, se desnudó todo lo deprisa que pudo delante de la deseada puerta, deportivas fuera, calzoncillos, las prendas se acumularon en el suelo creando una pequeña montaña; montaña que debería arrastrar al interior una vez la mujer le invitase a pasar. ¿Qué faltaba? Sólo una cosa: la caja de reparaciones. Así que se tapó con ella sus partes nobles y llamó al timbre; deseando con todas sus fuerzas que ningún vecino le pillase de aquella guisa.

— Cariño, está aquí el de las Reparaciones.

La voz que sonó dentro del piso le era conocida, pero el “cariño” encajado en la frase la desencajaba de cualquier contexto imaginado. Igual que la primera vez, Jorge se quedó paralizado ante el umbral del cuarto primera.

— Sí que has venido ráp…

La frase se diluyó en el aire como se le escapa la vida a cualquier personaje secundario en su único primer plano de película de thriller. El hombre con traje se quedó sin palabras ante aquel tipo desnudo cubierto únicamente con una caja de herramientas y el pobre fontanero, espantado ante el giro que habían tomado los acontecimientos, permaneció congelado y con la boca abierta como si le hubiesen criogenizado justo durante el peor susto de su vida.

— ¿¡Quién eres tú!? 

El grito espoleó el instinto de supervivencia de Jorge.

— ¿¡Y QUÉ HACES DESNUDO EN EL RELLANO DE MI CASA!?

No esperó ni un segundo a que se desencadenaran los actos tras las palabras, recogió la montaña de ropa a la velocidad de la luz, la puso como pudo sobre la caja de reparaciones y echó a correr como pollo sin cabeza, descendiendo a toda prisa por las escaleras sin preocuparse de su desnudez, de haber perdido las zapatillas por el camino ni del bamboleo del pene golpeándole violentamente contra la caja metálica, tampoco se preocupó por ir en pelotas por la calle ni de que había perdido el mono azul al abandonar el portal, corrió hasta la furgoneta, abrió la puerta, arrojó todo cuanto llevaba en los brazos al asiento del copiloto y dejó el estacionamiento sin mirar atrás en ningún instante. ¿Volver al taller? Imposible, debía dejar el trabajo, imaginaba la llamada telefónica del dueño de la casa, la fontanería había acabado para él. 
Desde aquella noche, Jorge no volvió a tener una caja de herramientas a menos de cinco metros de las manos. Y mucho menos entre las piernas.....

jueves, 14 de junio de 2018

Cada fin de la primavera 
el rosal ancestral 
de nuestras vidas 
unidas por designios desconocidos 
y misteriosos
que unen mi tierra seca y cuarteada 
de volcanes encendidos
con tus gotas de lluvia pura y cristalina
en una rosa de pétalos tan blancos
que me hacen llorar 
cada vez que pienso en ti ....

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