sábado, 12 de enero de 2019

- ¿Acaso alguna clienta te ha arrastrado dentro de la vivienda, estirando de tu mono semiabierto y te ha sentado sobre el sofá , bajando esa cremallera provocadora, para ver que curiosa herramienta oculta y has temido por lo que pudiera pasar?

El fontanero, abrumado por la pregunta de su futura clienta, se quedó petrificado, intimidado hasta el punto de ver paralizada su boca y de paso todas sus extremidades, permanecía de pie bajo el dintel de la puerta de entrada sosteniendo la pesada caja de herramientas y un tubo de PVC, inmóvil y mudo y sin que la visión del cuerpo de la mujer le ayudase, adivinado a través de un delgado vestido vaporoso muy corto, que le permitía ver unos muslos muy redondeados,  su cerebro se puso en marcha e intentó articular un “no” claro y conciso, pero salió esto.

— N… N… No.

— Ya y ahora me dirás que el mito del fontanero es completamente falso 

La mujer estaba disfrutando, sus ojos azules saborearon con lentitud y de arriba a abajo al chico que se adivinaba tembloroso, embutido en un mono azul intenso, bastante nuevo que portaba en la espalda las letras blancas, el  uniforme de “Reparaciones Gonzalez” que restaba puntos a su sex appeal de veinteañero fibrado, le divertía y excitaba a partes iguales su parálisis y timidez, a su pesar concluyó que repetiría la entrada para evitar una huida prematura.

— Empecemos de nuevo, a ver: ¿cómo te llamas?

— Jo… Jorge.

— Jorge: ¿nunca una clienta te ha pedido que les enseñes la herramienta?

— Pues…

— Habrás salpicado a alguna con tu grasa de montar cañerías.

— Yo…

Demasiadas metáforas para el pobre fontanero, incapaz ya de mirar a los ojos azules que le recorrían el cuerpo como ruedas de diamantes cortantes, que con descaro se detenían en la entrepierna, sentía que le desnudaban deseando clavarle algo más que la mirada, incapaz de mantener su mirada, bajó la vista posándola en sus desgastadas deportivas. ¿Por qué se habría puesto aquéllas tan viejas? ¿Por qué no se atrevía a materializar la fantasía de cualquier hombre, la suya incluida? ¿Que le estaba pasando? 
Por la mujer desde luego no era, no sería, su atractivo resultaba innegable, el atrevimiento sobrepasaba lo imaginable. 
Si al menos fuese capaz de articular dos palabras seguidas ....

— ¿No tienes lengua, Jorge? Porque entonces no me sirves.

La mujer estaba disfrutando con la escena. 

— Con un movimiento casi de bailarina, se puso delante del fregadero, abrió las portezuelas inferiores y abrió un grifo con tanta intensidad que se mojó la blusa, instintibemente se puso de puntillas y apartó el culo hacia afuera, al instante se puedo comprobar que el agua goteaba por el sifón.

La avería era muy sencilla, solo había que cambiar un racor del desagüe, comprobó si tenía el recambio y añadió.

— Es una reparación fácil, costara 48 €, basicamente por el desplazamiento.

Acertó a decir el fontanero acercándole a la mujer un racor nuevo de PVC, de la caja de herramientas tras haberla sacado torpemente de la funda de plástico.

— Y no tengo… Cambio.

— Ya veo, mucha sangre tampoco tienes, venga adelante con la reparación.



A continuación, se metió bajo el fregadero boca arriba y la cara bajo el desagüe y con una gran pericia y añadió una cinta de teflón y cambió la pieza, desde esa posición le pidió que abriese el grifo, ella abrió las piernas y se acercó de nuevo al fregadero, procurando abrir bien las piernas para mostrar su ropa interior, le excitaba estar ahí con un desconocido tumbado mirándole sus intimidades, mientras abría y cerraba el grifo de agua caliente y fría, lo que no impidió salpicarse y dejar mas en evidencia las oscuridad de sus pezones, en la suave tela de su blanca camiseta, pareció gustar ese extra de provocación, sonrió la mujer para sus adentros.
Incluso atrapó con su mano parte de la tela de la falda contra el mármol para que el espectáculo fuera mas evidente.
Jorge no pudo evitar ver aquellos dos muslos esculpidos como columnas de mármol y bajo el mono tuvo una molesta erección que en la posición que estaba quedaba bastante evidente.
Una vez comprobado que todo iba bien, se incorporó de la parte baja del fregadero.


La mujer acercó el monedero que reposaba sobre el mármol y retiró el dinero, dos billetes de veinte, uno de cinco y tres monedas de un euro.

— Toma, justo como querías

La mujer soltó sin disimulo las monedas a escasos milímetros de la mano de Jorge, le tocaron los dedos y cayeron éstas al suelo, rodando alegremente hasta perderse piso adentro.

— Vaya, mira que soy torpe.

De haber estado en un partido de fútbol, el pobre fontanero habría pedido la hora. Por contra, asistió a un espectáculo más propio de un salón de striptease que de el pago de una reparación a domicilio. La chica, exagerando las poses, y marcando con claridad los movimientos para que destilasen el máximo de sexualidad posible, se agachó ostensiblemente a recoger las monedas levantando el trasero para asegurarse de que las nalgas se dejaban ver lo suficiente a través del camisón, redondas, compactas, perfectas, la piel tostada sobresalía, brillante bajo la luz del fluorescente.
Jorge no podía estirar ya mas el cuello sin provocar una luxación.
El menudo triángulo blanco a la altura del coxis que ya había visto antes desde otro ángulo era el único vestigio de ropa interior, quedando casi escondida la parte trasera, que, pese a luchar con todas las fuerzas inherentes a un trozo de tela relativamente elástica, se veía absorbida sin remedio al interior viéndose atrapada entre ambas rocas carnosas de redondez casi perfecta.
 ¿Por qué no dejarse atrapar de igual manera? Era el único pensamiento que discurría por la cabeza del fontanero. Por la otra cabeza, la inferior ahora ya de mas tamaño, fluían más que pensamientos, una sensación incómoda en la entrepierna anticipaba la enorme erección que tendría lugar segundos más tarde.

— Vaya, sí que se han ido lejos la moneditas. 

A la mujer le divertía la situación, se giró sonriente hacia el fontanero asegurándose de que la blusa mojada por el agua caía con suficiente juego como para dejar al aire su pronunciado escote

— Pero ya las tengo a las dos que faltaban

Se irguió a cámara lenta, como si protagonizase la escena tórrida de una película de serie B

— Toma, Jorge.

La mujer recuperó el espacio que había perdido al ir a buscar las monedas dentro de su casa sin abandonar los ojos de la estatua que tenía enfrente, en la que se adivinaba una incipiente y poderosa prominencia. Puso el máximo de picardía en su mirada, la acompañó con el suave vaivén de su cuerpo acariciado por la fina lámina del delgado vestido, se detuvo a la misma altura del que esperaba futuro compañero de catre, rozándole la parte descubierta del mono de trabajo, con la oscuridad de aureolas, por su camiseta ligeramente mojada, bañó con su perfume intenso el aura del chico en un intento de engatusar su raciocinio y le introdujo el dinero en el bolsillo del pantalón atreviéndose a rozar con la punta de los dedos la otra punta que pugnaba por salir a la superficie.

— Entra, que te doy tu propina.


Estiró del fontanero por el bolsillo incitándole a entrar, mas bien le obligó. Éste se resistió con un paso atrás, dando al traste con la maniobra de cortejo.

—Emmm Ummh Lo… Lo siento 

Balbuceó. 

— Tengo que seguir trabajando. Y…

— ¿De verdad que no te apetece una pausa?

— Sí, claro. Pero…

— Pues ven.

— La mujer sacó la mano del bolsillo y la plantó directamente en la entrepierna de Jorge. Manoseó sin miramientos, por la dureza y sus dimensiones, el fontanero tenía de qué sentirse orgulloso, la mujer notó una humedad en la entrepierna que la invadía y no pudo evitar un gemido. 

— Lo vas a pasar mas que bien.

— Lo siento, de verdad.

Se desembarazó como pudo del gancho femenino con toda la delicadeza que pudo poner en el acto y dio otro paso atrás sufriendo la rigidez de la erección ya imposible de disimular que lo incomodaba

— Tengo que marcharme.

— Tú mismo 

Dijo la mujer suavemente pero visiblemente irritada por su expresión y sin poder dejar de mirar el tamaño considerable de la parte media del mono.

— Espero que quede satisfecha con la reparación, en “Reparaciones Gonzalez”, le damos seis meses de garantía por confiar en nosotros.

Echó a correr como pudo camino del ascensor, recorriendo los diez metros del pasillo arrastrando la pierna hasta que logró acomodarse el miembro pegándolo contra su vientre y notando la generosa humedad que manaba de la excitación. ¿Por qué se había negado? Seguramente por timidez o por no estar preparado para el momento. Al fin y al cabo, ¿lo de los fontaneros no era un mito extendido hasta la saciedad por la pornografía? ¿Cuántas veces le había ocurrido aparte de la más reciente? Echó mano de su recuerdo tratando de apartar de la mente el vaivén de los pechos embutidos sin sostén, con las aureolas coronadas por pezones oscuros y lu leve contacto en el pecho, llegó a la terrible conclusión de que jamás le pasaría nada parecido. 
Repaso situaciones pasadas, solo la naturalidad de una chica que una vez le abrió la puerta con una camiseta transparente y sin nada debajo, una mujer ya mayor que se insinuó con desparpajo y ahí se acababa todo, definitivamente nadie más aparte de la mujer que ya quedaba en el tercer piso y que había dejado escapar sólo por no estar preparado. Y por ser imbécil, pensó el chico entrando en el coche de reparto. “Imbécil, imbécil, serás imbécil…” se repitió muchas veces.

— ¡Imbecil!

Se gritó a si mismo dentro de la furgoneta, pero eso no solucionaría su escaso atrevimiento, por lo que no quedaba más remedio que arrancarlo y retomar la jornada de fontanero. Pero sus manos se negaron a sacar las llaves de la chaqueta, que aún conservaba su perfume; obligándose a permanecer sentado en el asiento del conductor al tiempo que sus reproches inundaban el espacio asfixiando su ánimo. “¿Y si vuelvo, que pasaría?”, incapaz de soportarse a si mismo. Giró la cabeza fijando la vista en el portal por el que había salido un minuto antes. Elegante y moderno, con una cristalera protegida por un portón de acero inoxidable, ofreciendo la entrada a un paraíso carnal del que él mismo se había excluido… 
Como le gustaría poder entrar de la misma manera que en ese momento lo hacía un hombre con traje, accediendo al piso deseado con toda la naturalidad del mundo. “¿Y si vuelvo?”. Sabía el piso, el nombre de la mujer y, lo más complicado, existía interés mutuo por conocer sus respectivos cuerpos. ¿Qué podía fallar? Nada. “Tengo que volver”. Lástima que el deseo fuera menos poderoso que la voluntad, quedando atado al asiento hasta que un desencadenante le agitó casi quince minutos después: un fontanero de Reparaciones, competencia suya, aparcó la furgoneta justo delante del portal, aparcó el vehículo a dos pasos, abrió el portón trasero para retirar las herramientas y tras cerrar, enfiló los pasos hasta la entrada del edificio. ¿Podría ser? Aún existía una más que probable oportunidad de enmendar el error cometido antes.

— ¿Puedes repetirme eso?, ¿Quieres hacer tu la reparación del cuarto, primera?

El nuevo fontanero de "García S.L.", no daba crédito a lo que le planteaba el operario de la competencia.
¿Por qué dejarle el trabajo si ni siquiera eran de la misma empresa? Miró incrédulo a Jorge de arriba a abajo sin notar nada extraño de lo que sospechar. Poseía apariencia confiable, no daba señales de estar bebido ni drogado, el estado de su uniforme era el correcto…

— Te pagaré el doble de lo que cuesta —aseguró Jorge tratando de ser convincente—. Así te llevarás una buena propina y ganas el tiempo de la reparación, enseñándole la pieza defectuosa.

—Pero… 
— La reticencia no era muy poderosa; aunque debía mantener la compostura.

— Toma 

Jorge le tendió al fontanero todo cuanto tenía en la cartera: tres billetes de veinte euros, dos billetes de diez y uno de cinco  

— La llamada es de el cuarto, primera ¿verdad?.

— Sí, sí…

— A nombre de Alicia Gómez, ¿no?

— Sí.

— Ya me encargo yo.


Jorge recogió la nota de reparación de las confusas manos contrarias y la firmó, extrajo de la caja de herramientas la pieza sustituida y se la entregó, recogió la nueva pieza con su protección de plástico de su competidor, este se encogió de hombros despidiéndose posteriormente alzando la mano y dejando a Jorge llamando al portal mientras retomaba el trabajo perplejo en su furgoneta.

— ¿Sí?

La voz de la mujer a través del interfono le estremeció.

— Vengo a realizar la reparación que nos han pedido.

— Sube.

Un zumbido en la cerradura le dio acceso al paraíso carnal que había abandonado veinte minutos antes sin que, en apariencia, le guardara reproches por la desconsideración. Llamó al ascensor sintiendo los nervios bullir en su estómago, aguardó a que el elevador descendiera entonando una melodía al azar que le permitía liberar la mente de la tensión, se introdujo en el habitáculo de una zancada y apretó el botón con el “4” rotulado en el centro desencadenando la maniobra de ascenso a los cielos. Entonces se le ocurrió una idea completamente loca: ¿y si llamaba a su puerta desnudo? Era absurdo, idiota, todo un riesgo en un edificio de vecinos. Pero así se resarciría del plante anterior y le devolvería la jugada demostrando que también poseía atrevimiento. ´
Así que Jorge se asomó por la puerta del ascensor una vez éste se detuvo en el cuarto piso, oteó alrededor sin ver movimientos extraños, prestó atención a cualquier sonido que pudieran atrapar sus orejas y decidió llevar a cabo la descabellada idea. Salió, recorrió de nuevo los diez metros de pasillo, abrió el maldito mono de “Reparaciones Gonzalez”, se desnudó todo lo deprisa que pudo delante de la deseada puerta, deportivas fuera, calzoncillos, las prendas se acumularon en el suelo creando una pequeña montaña; montaña que debería arrastrar al interior una vez la mujer le invitase a pasar. ¿Qué faltaba? Sólo una cosa: la caja de reparaciones. Así que se tapó con ella sus partes nobles y llamó al timbre; deseando con todas sus fuerzas que ningún vecino le pillase de aquella guisa.

— Cariño, está aquí el de las Reparaciones.

La voz que sonó dentro del piso le era conocida, pero el “cariño” encajado en la frase la desencajaba de cualquier contexto imaginado. Igual que la primera vez, Jorge se quedó paralizado ante el umbral del cuarto primera.

— Sí que has venido ráp…

La frase se diluyó en el aire como se le escapa la vida a cualquier personaje secundario en su único primer plano de película de thriller. El hombre con traje se quedó sin palabras ante aquel tipo desnudo cubierto únicamente con una caja de herramientas y el pobre fontanero, espantado ante el giro que habían tomado los acontecimientos, permaneció congelado y con la boca abierta como si le hubiesen criogenizado justo durante el peor susto de su vida.

— ¿¡Quién eres tú!? 

El grito espoleó el instinto de supervivencia de Jorge.

— ¿¡Y QUÉ HACES DESNUDO EN EL RELLANO DE MI CASA!?

No esperó ni un segundo a que se desencadenaran los actos tras las palabras, recogió la montaña de ropa a la velocidad de la luz, la puso como pudo sobre la caja de reparaciones y echó a correr como pollo sin cabeza, descendiendo a toda prisa por las escaleras sin preocuparse de su desnudez, de haber perdido las zapatillas por el camino ni del bamboleo del pene golpeándole violentamente contra la caja metálica, tampoco se preocupó por ir en pelotas por la calle ni de que había perdido el mono azul al abandonar el portal, corrió hasta la furgoneta, abrió la puerta, arrojó todo cuanto llevaba en los brazos al asiento del copiloto y dejó el estacionamiento sin mirar atrás en ningún instante. ¿Volver al taller? Imposible, debía dejar el trabajo, imaginaba la llamada telefónica del dueño de la casa, la fontanería había acabado para él. 
Desde aquella noche, Jorge no volvió a tener una caja de herramientas a menos de cinco metros de las manos. Y mucho menos entre las piernas.....

jueves, 14 de junio de 2018

Cada primavera

Cada fin de la primavera 
el rosal ancestral 
de nuestras vidas 
unidas por designios desconocidos 
y misteriosos
que unen mi tierra seca y cuarteada 
de volcanes encendidos
con tus gotas de lluvia pura y cristalina
en una rosa de pétalos tan blancos
que me hacen llorar 
cada vez que pienso en ti ....

viernes, 19 de enero de 2018

La Fornarina Parte III

-Llegó la hora de que me muestres tal como tu me ves, quiero verme en un lienzo, imaginada por tus ojos y con el deseo que me inunda ahora. 

Como él la estaba mirando absorto tras los cristales redondos de sus gafas redondas, alargó su mano y arrastró las suyas, le hizo palpar sus senos y su vientre, echó la cabeza hacia atrás en un gesto instintivo, con el pelo suelto sobre los hombros.
El aspiraba el silencio, disfrutaba del suave aroma a rosas que ella exhalaba, de los temblores solo detectados por las yemas de sus dedos viajeros de su piel, mientras ella lo miraba voluptuosamente.

-Venga se valiente, ahora di que no puedes pintar a la mujer que ya has creado en tu mente. Muéstrame a mi misma tal como tu me ves, tal como me percibes. 

Se habían visto unos cuantos días después del embarazoso incidente del museo y luego de haber tiznado sus muslos con la tiza azul de sus bocetos, cerró los ojos y deslizó las manos por las curvas y los planos de su cuerpo, fluyendo en un viaje por sus poros, la tibieza de su piel, sus brazos, sus muslos, como un ciego ávido de comprobar con el tacto las imágenes, pero ella se desasió no con demasiado ímpetu, a pesar de que estaba desbordada por el deseo que le comía lentamente las entrañas. Su voz sonó mas grave y lenta de lo habitual.

-Nada de caricias, primero el esbozo ¡Empieza! 

-Necesito un tiempo de inspiración.

-No lo necesitas en absoluto, extrae de tu deseo, aquel impulso que te hace crear como solo tu sabes, seduce al papel, 

Laura alargó la mano y le pasó el dedo índice por el cuello lentamente.

-Acaricia la tiza como si fuera mi piel.

El cerró los ojos y tomó la tiza en lo que pareció un gruñido de impaciencia.

-Eres maldita, arpía, cruel e impaciente estás jugando con mis sentimientos.

-Así es, pero tú dibuja y calla

Le besó el lóbulo de la oreja y luego lo mordió suavemente, la fiebre fue repentina, al chico le fallaron las piernas, se sentó sobe sus talones delante de ella con su cuaderno en una mano y en la otra una tiza azul que le manchaba los dedos, primero la atravesó con la mirada, calculando sus proporciones para encajarla en la lámina, por fin empezó a dibujar su manos se movían ligeras sobre el papel, solo se oía el chasquido característico de la tiza sobre la hoja y las rectificaciones con el dedo.
Sus ojos volaban de la página al modelo, su cuerpo quedó plasmado a fuego en su alma, los gestos se volvieron vehementes, su cara enrojeció y el corazón empezó a martillearle el pecho, la excitación sexual se incrementaba exponencialmente mientras apretaba la tiza entre los dedos y la deslizaba sobre el papel a un ritmo, cargado de voluptosidad, mirándola, estudiándola, recreándola, deseándola.

-Quieta, mírame de frente, no respires tan fuerte.

-No puedo contenerme... ¡Me tienes a a mil! 

Sensualidad latente, meras intuiciones, la mente le recordaba esa  piel cálida y tersa, bajo el fino pañuelo de seda que apenas podía disimular sus formas, parecía ahora una Venus ejerciendo el poder imparable de su erotismo, notaba como la sangre fluía vertiginosamente por todo el cuerpo, ardía la mano que sostenía la tiza oprimiéndola con tanta fuerza que la partió en dos, arrojó al suelo los trozos de tiza y el dibujo, se irguió sobre las rodillas, abrazó a Laura por el talle, notó como se estremecía, sus labios acariciaron la piel del escote resiguiendo la curva de sus cálidas y turgentes tetas por el borde de la seda......


Aquella noche no pudo acabar el boceto.





jueves, 18 de enero de 2018

La Fornarina parte II

Se miró los muslos unos trazos azules formaban unas extrañas formas como la hiedra enroscada en dos árboles paralelos, recordó como se habían producido esas marcas que no quería eliminar bajo ningún concepto.

Le costó mucho que sus amigas le dejaran a solas en su habitación, unas invitaciones para una discoteca resolvió el tema, disponía de unas cuantas horas, el sol entraba vacilante por el ventanal de madera. 
Tomó la mano manchada de tiza azul del chico de las gafas redondas, embriagado apretaba a Laura contra el sofá, no el quitó el vestido, levantó su falda y arrojó las bragas rosas de encaje a la alfombra turca, mientras la contemplaba y contemblaba al mismo tiempo.

El triangulo de fino vello que ocultaba un lugar secreto se antojó un objetivo que no podía dejar de mirar, intuía que lo esperaba solo a él. De rodillas asiéndola por las caderas paso la lengua por el interior del muslo hacia arriba muy despacio hasta que Laura suspiró entrecortadamente de indecoroso placer, sus dedos resiguieron la senda trazada por la lengua dejando en la piel una línea de tiza azul la marca de un delicado erotísmo.

Hasta el leve olor a azmicle y rosas de su carne recién lavada era un poderoso excitante 
una gota de sudor se mezclo con la tiza y resbaló hasta el ombligo, dejando una huella azul 
al verla Laura abrió los labios, tuvo un efecto demoledor, desnudos y sudorosos con marcas de tiza azul. 

Sonó el timbre.

-Ya sabes que quiero que me dibujes en un lienzo 'solo' con mi anillo, no que me dibujes a mi misma sobre mi piel.
-Tendrás tu dibujo, tal como te veo, te lo prometo.

Entraron sus amigas y le costó disimular, pero tenía claro que no iba a ducharse en días, ya estaba deseando estar sola y mirar sus trazos azules sobre los muslos y sobre el vientre, que le recordaban las yemas de sus dedos a través de sus colinas y valles palpitantes....





domingo, 14 de enero de 2018

La Fornarina Parte I

-¡Has de pintarme así, cómo ella!

Se giró sobresaltado, él estaba sentado abstraído tomando apuntes al carbón de 'La Fornarina' de Raffaello Sanzio.

Laura estaba con unas amigas en Roma y se había levantado relativamente temprano para pasarse por el 'Palazzo Barberini' y eludir la masa de turistas. Aunque no era uno de sus planes preferidos, nunca sabía cuando iba a poder disfrutarlo, porque sus amigas pasaban olímpicamente del arte, despierta aquella mañana fresca como el rocío, se encajó unos vaqueros, se deslizó en un jersey rojo de hilo y se dirigió al museo, disfrutando en Roma de una mañana soleada, llegó al 'Palazzo' y se encontró con un nutrido grupo de turistas de alegres colores, pero allí delante de un cuadro destacaba un chico moreno, con ropa ancha con unas gafas metálicas, pequeñas y redondas le llamó la atención, iba tomando apuntes con carboncillo en un cuaderno, miró por detrás de su espalda y se sorprendió de la rapidez y habilidad de sus bocetos, la exposición exhibía un conjunto de cuadros de vírgenes, destacaba esta obra de una mujer totalmente sensual, entre Venus renacentistas, ninfas y sátiros, divas barrocas y odaliscas.

Laura seguía hipnotizada a aquel chico disfrutando de su talento y  concentración, cuando estaban delante de 'La Fornarina' se oyó a si m misma aterrorizada, invadiendo su intimidad y haciéndole esa extraña petición. Arrugó los ojos y absolutamente descentrado pudo contestar con una pregunta:

-¿De verdad quieres que yo te haga un boceto desnuda?

-Este cuadro me conmueve es el retrato de una muchacha joven, es un misteriosos desnudo, cubre y enseña sus pechos en el mismo movimiento, esa mirada temerosa y atrevida, parece que sabe el poder infinito de su seducción por 'Rafaello' y esa sonrisa tan  suficiente. Hay una complicidad evidente con el autor que está detrás del caballete colocado delante de ella, una implicación emocional que va más allá de la simple relación artista-modelo, deseo sentirme como ella por un momento.

Siguieron juntos la exposición, mientras él seguía aparentemente distraído con sus apuntes y Laura miraba fascinada como con pocos trazos creaba vida a aquellas mujeres en las hojas de su cuaderno, cuando acabaron de ver la exposición decidieron ir a tomar algo por allí cerca. Entraron en una cafetería, panadería con un expositor con tartas y bollería recién hecha. A los lados y contra los ventanales que daban al 'Palazzo Barberini' había mesas rectangulares de mármol blanco y sillas de hierro forjado negro con unos cojines. Un arco daba paso a otro espacio en el que sólo había dos mesas pequeñas y las puertas de los cuartos de baño. Una de las mesas estaba desocupada y la otra se encontraba en un rincón, resguardada de la panorámica que se divisaba desde el arco que unía las dos salas. Ocuparon esta última y se sentaron uno frente al otro. Pidieron café con leche.

-Me sorprende mucho haber conocido un artista en este museo. Normalmente solo hay turistas ruidosos haciendo fotos.

Dijo Laura.

-Si te digo la verdad, a mí lo museos en general no me interesan nada, prefiero la realidad, a sido casualidad es el único museo que he visitado en mis vacaciones.

Añadió el chico de gafas redonditas con desdén.

-¿Entonces para qué viniste esta mañana?

-No lo sé muy bien, supongo que para que alguien me ofrezca poder dibujar un culo apetecible.

Contestó él sonriendo con una sonrisa descarada mientras ella se unía a su risa algo azorada.

-¿Sabes? Mientras sacaba bocetos, ha habido un momento en la exposición que me ha entrado un sofocó como menopaúsico perdido, la sala llena de desnudos ancestrales, Intentaba leer las reseñas de los cuadros y las veía turbias. Muchos de ellos pertenecieron a los políticos de aquella época y luego apareciste tu por detrás con tu jersey rojo y jeans ceñidos.

- ¿Te los imaginas excitándose con esas musas que posaban como vírgenes?

Preguntó ella divirtiendose con el cariz que estaba dando la conversación.

-No, de momento contigo tengo suficiente.

Laura se puso roja inmediatamente, se sintió desnuda delante de aquel chico que seguramente mentalmente ya había imaginado su cuerpo bajo la camiseta roja, sonrió coqueta y seductora cruzando los brazos encima de la mesa. El escote del jersey resbaló, dejándola con un hombro desnudo que él miró al instante.

-Y luego 'La Fornarina'. He descubierto un detalle fascinante ¿Conoces la historia?

-No, pero no me vayas a aburrir con un cuento mitológico de tres horas.

Contestó el chico de gafas redonditas arrugando la nariz.



La Fornarina  se pintó alrededor de 1518-1519. Representa a una mujer de cabello oscuro con una belleza suave y ojos marrones, pechos desnudos, cubiertos solo por un velo que sostiene su mano derecha y una capa roja cubriendo sus piernas. Representando tres cuartos a la izquierda, la mujer mira hacia la derecha, más allá del espectador, tiene una dulce sensualidad y una luz deslumbrante resaltada por el fondo oscuro. La fama de la obra está ligada al erotismo de la mujer representada, y la firma de Rafael (Rafael VRBINAS) que lleva a cabo en la pulsera, que parece querer decir al mundo entero su vínculo con ella, este mensaje que se consolida con el tiempo.
Al restaurar la obra se descubrió bajo la pintura un anillo pintado que podía indicar un presunto compromiso con el pintor, lo que la hubiera condenado a ella por adulterio.

-¡Interesante! exclamó él tras dar un sorbo al café y devolver la taza a la mesa.

-Lo que he descubierto hoy es que quiero ser pintada así ¿no? se apartó de la mesa y se sentó delante de el, se irguió sobre su espalda e imitó la pose con una bufanda, desnudando un poco mas el hombro y un pañuelo liso rosa que llevaba en el bolso  y se incorpora, sentándose en el borde de su silla, imitando la postura y la mirada.

Él asiente sin inmutarse, tragando saliva.

-Pues bien, con una de sus manos resalta un seno hacia afuera y la otra con el supuesto anillo suponemos que reposa en la ingle. Pero si te fijas, esa mano se ve está colocada en la entrepierna ¿Lo ves? Mira así.

Laura estruja un seno por encima del jersey de hilo, marcando el pezón bajo la tela, abre las piernas y aprieta los dedos contra la tela del pantalón. Al punto, se deja caer sobre el respaldo, y da unos casi imperceptibles golpes de cadera al aire. Pasan unos segundos y se incorpora, se sienta recta como guardando la compostura y se coloca el escote del jersey, que inmediatamente se precipita hombro abajo.
Los ojos que hay tras las gafas redondas  la observan atónitos fijamente. Ella no aguanta la mirada.

-Ven, siéntate aquí.

Le indica él con voz indiferente dándose una palmada en la pierna. Laura duda unos momentos concentrada en el mármol de la mesa, a continuación le ofrece una sonrisa infantil entre pudorosa y atrevida, y finalmente se levanta y se sienta de espaldas a él en su regazo, apoyándose con sus piernas en 'v'. Él acerca su rostro a su cuello y lo huele.

-¿Ahora mee has imaginado desnuda verdad? Lo he notado, he sentido un escalofrío.

-Puedo sentir tu calor a través de tu jersey abierto. ¿Estás húmeda verdad? 

ÉL susurra, ella asiente. Prefiere contestarle con este gesto porque no se atreve a hacerlo con palabras, para que no se note un quebranto en su voz.

-¡Muéstramelo por favor!

-Aquí no puedo 

Dice ella negando con la cabeza. Se hace un silencio.

-Vete al baño y tráeme la prueba. 

Le lanza una mirada penetrante y con un tono de voz seductor. Laura no puede negarse, le sonríe, se levanta sin decir nada y entra en el baño. El chico de las gafas se queda mirando la puerta. No hay expresión en su cara. Unos minutos después Laura sale y se sienta frente a él, se lleva el dedo índice a sus propios labios, saca la punta de la lengua y se relame los labios tímidamente. Para y baja la mirada a la mesa.

-¿Me dejas chuparte el dedo? 

Le pregunta rebajando los la escasa distancia sobre la mesa que los separa. Laura se encoge de hombros, el escote del jersey vuelve a caer indómito, él le agarra la mano con decisión y se la lleva a la nariz. Aspira. Luego juguetea con los dedos, rozándolos con sus labios, y finalmente se los introduce en la boca. Chupa. Con parsimonia, como si no quisiera gastar el sabor. Ella cierra los ojos y empieza a morderse el labio inferior. Su cuerpo empieza a desobedecerla y se contonea ligeramente en la silla. Con la mano libre se aprieta el envés del muslo tirando hacia arriba como intentando abrir su sexo. Su respiración se aligera. 

- ¡Quiero más! 

Le dice abriendo los ojos, el gesto descompuesto.
La musiquilla machacona de un móvil la devuelve de un plomazo a la realidad de la cafetería. El chico de las gafas redondas, se rebusca en los bolsillos del pantalón, saca el teléfono, mira la pantalla, vacila unos momentos y lo coge.

-Dime. ... Si sí, ya lo sé, pero me ha llamado la atención la exposición de Palazzo Barberini y he entrado a verla.... ¡Que no!, ¿cómo voy a dejarte tirada? Vale, lo compraré. ... bueno, buscaré el pan de chapata donde sea .... No, no te preocupes que no me olvido .... No sé, media hora o así, lo que tarde en encontrar el pan....Si cariño, ya voy para allá ..... Y yo. ¡Venga, que sí, que no tardo!



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