La noticia corrió rápido por el barrio, aquella mañana, los vecinos encontraron el cuerpo tapado con una lúgubre lona gris, no se veía nada, solo la silueta rígida bajo el plástico. Algunos dijeron que lo habían dejado ahí en la madrugada, otros aseguraban haber escuchado ruidos extraños la noche anterior.
—Seguro fue un ajuste de cuentas
Murmuró un anciano, sacudiendo la cabeza.
La policía llegó poco después, acompañada por un par de operarios del ayuntamiento, los agentes rodearon la escena mientras cientos de curiosos se acercaban con cautela.
—Pobre hombre… Años ahí sentado, viendo pasar la vida.
—Se lo veía cansado, roto. ¿Nadie sospechaba nada?
—Bah, la gente ya no respeta nada. Lo dejaron hecho polvo.
—Dicen que los muy sádicos le rompieron las piernas, le quitaron la ropa, lo llenaron de arañazos y le tatuaron frases por todo el cuerpo.
—Le tiraron cerveza por encima e incluso le pegaron varios chicles en el culo.
Los murmullos crecieron hasta que uno de los operarios, con gesto aburrido, se agachó y levantó la lona de un tirón.
Silencio sepulcral ...
No había ningún cadáver, solo el viejo banco de madera, destrozado por el tiempo y el maltrato, los tablones estaban desencajados, las patas maltrechas, el respaldo cubierto de cicatrices, nombres grabados con navaja, declaraciones de amor desvanecidas por la lluvia, líquidos derramados y chicles petrificados en los rincones.
Pero lo peor eran las pintadas, frases obscenas, insultos a varios concejales, burlas a la autoridad, por eso la lona, no por respeto, sino por censura.
Los vecinos, desconcertados, se miraron unos a otros.
—Bueno…
tosió alguien
—Se puede decir que es un crimen, ¿no?
El operario soltó una carcajada y señaló un camión con una grúa.
—Sí, y nosotros somos los forenses.
Engancharon el banco con un arnés de acero y lo levantaron como a un cuerpo sin vida. Nadie dijo nada. Nadie hizo nada.
Solo lo vieron desaparecer en la caja del camión, camino a un destino desconocido.
Recuerdo aquella noche en que Els Joglars me invitaron a ver su espectáculo teatral 'M7 Catalonia', desde la trasera del escenario, un punto de vista inusual, prohibido para el público común pero con una mirada invertida de lo que se suponía debía ser visto. Había algo casi clandestino en observar desde allí, como si uno se convirtiera en voyeur de lo que ya era, en esencia, una representación.
En aquel montaje, una de las actrices se medio desnudaba de espaldas al público, como la modelo de esta foto, lo que significaba que lo hacía de frente a mí, no sabía si apartar la vista o aceptar el privilegio accidental de esa perspectiva secreta, han pasado años y por lo que veo, no lo he olvidado.
Ahora miro la foto de Mónica. Su espalda desnuda, el deslizamiento del satén, el juego de sombras y reflejos que traza la luz sobre su piel, pero lo que me perturba no es ella, sino los ojos en la pared. Seis pares de miradas, congeladas en distintos ángulos, clavándose como testigos mudos de un instante que, como mi recuerdo, se niega a desvanecerse.
Lidia y Mónica participaron en esta sesión con FahLoSue Esther Lobo, la fotógrafa creadora de esta imagen, la precisión con la que dispusieron las fotografías en la pared es admirable, la simetría inquieta, como si los ojos estuvieran allí desde siempre, aguardando la llegada de Mónica para que su presencia tuviera sentido.
En mi mente quizás la esperan a ella, la otra actriz, aquella de Els Joglars, aquella de mi recuerdo. Tal vez, en el fondo, miramos para ser vistos.
A fin de cuentas, ¿Qué es la memoria sino una pared cubierta de fragmentos congelados, dispuestos con una exactitud perturbadora?
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Carlos nunca había sido lo que podemos definir como un galán, un hombre con poca confianza en si mismo, su historial romántico podía resumirse en un par de citas incómodas y un beso accidental con su prima en un bautizo, lo cuál le provocaba un estado de insatisfacción permanente.
Pero todo cambió el día que vio aquel anuncio por televisión, por fin un hombre normal, como él, aplicándose desodorante y, en cuestión de segundos, hordas de mujeres lanzándose sobre él con un fervor digno de un Black Friday en tienda de ropa barata.
Para Carlos, ávido lector de cómics y devoto seguidor de Astérix y Obélix, aquello era una revelación comparable a la poción mágica de Panorámix el druida de los galos. Si un simple brebaje podía convertir a un aldeano enclenque en una máquina imparable de fuerza bruta, ¿por qué no iba a funcionar lo mismo con un desodorante y el atractivo sexual?
Iluminado por la idea de que la química podía suplir la genética, Carlos corrió a la perfumería más cercana, no compró un frasco, ni dos, no, él se llevó todo el estante. "Si una aplicación atrae a una mujer, imagina lo que hará un litro", pensó, con la lógica imbatible de quien se cree todo lo que sale por televisión y ha decidido poner su futuro en manos de un bote de aerosol.
Los primeros días fueron de pruebas, se rociaba con el entusiasmo de un jardinero fumigando plagas, salía a la calle un tanto preocupado por su integridad, pues en cualquier momento se podrían abalanzar las mujeres sobre él.
Pero de momento la única reacción femenina que obtuvo fue la mirada irritada de una anciana en el autobús, que tosió con una intensidad digna de una crisis asmática.
Persistió, seguro que era cuestión de dosis, la dobló, luego la triplicó. Su apartamento comenzó a adquirir un aroma que oscilaba entre "vestuario de gimnasio" y "explosión en fábrica de químicos".
En la oficina, sus compañeros empezaron a evitarlo con la sutileza de quien esquiva a uno de los que te acosan para venderte un seguro o piden tu firma para cualquier extraña causa. Una tarde, su jefe lo llamó a su despacho y, con un tono paternal, le preguntó si estaba teniendo "problemas personales".
Carlos no se desanimó. Tal vez el problema no era la cantidad, sino la estrategia, de modo que decidió hacer apariciones en lugares estratégicos, gimnasios, bares, parques y finalmente en la biblioteca, en cada uno de ellos, la reacción fue la misma, murmullos, miradas de reprobación, pero lo peor fue una mujer que, al pasar junto a él en una tienda, exclamó:
-"Dios, ¿qué es ese olor?".
Carlos sonrió confiado. La publicidad nunca decía cuánto tardaban en caer rendidas, faltaba la importante variable del "cuando".
El golpe final llegó en una fiesta, convencido de que aquel era el escenario perfecto para su glorioso debut como imán de féminas, se dio un último baño en su elixir afrodisíaco y entró con paso firme, a los pocos minutos, notó que el salón, antes abarrotado, comenzaba a despejarse en su área inmediata, finalmente, una amiga de la anfitriona se le acercó y, con una mueca de dolor, le preguntó si, por casualidad, había tenido un "accidente con un camión de ambientadores".
Aquella noche, Carlos entendió la dura verdad: la ciencia del marketing era más poderosa que la de la atracción. Sus ahorros estaban en la basura (o, más bien, invertidos en decenas de latas de desodorante acumuladas en su baño) y su vida amorosa, lejos de mejorar, ahora olía peor que nunca.
Desde entonces, Carlos aprendió una lección importante: el amor no se puede comprar en frascos de aerosol y sobre todo, que el olfato humano tiene un límite de tolerancia, ahora usa desodorante con moderación y ha descubierto que el mejor afrodisíaco sigue siendo no apestar.
La cámara, como siempre, estaba lista, no así su propietario.
Había venido al Carnaval de Sitges por recomendación de un colega, quien le aseguró que aquello trascendía, aquí era distinto, "solo lo entenderás si vienes", "es el desenfreno hecho arte", le dijo.
Claro que aquel colega también le había asegurado que los móviles nunca reemplazarían a los fotógrafos profesionales. Y sin embargo, aquí estaba él, desplazado no por la tecnología, sino por algo aún más inesperado, una bailarina desatada.
Estaba en plena faena, ajustando el plano al encuadre, fijándose en una participante, de repente se esfumó la luz y apareció una nariz en el visor, tapándolo todo.
No caminó, no avanzó, sino que irrumpió en su campo visual como una explosión de lentejuelas y plumas. Su cuerpo era un compendio de ritmo y descaro. Sus ojos, un desafío con pestañas postizas.
Instintivamente, él levantó la cámara para captar el momento, era un gesto reflejo, casi una necesidad fisiológica, como parpadear o lamentar haberse pedido otra caña cuando ya iba justo de efectivo. Pero mientras su dedo índice apretaba el interruptor, ella se abalanzó sobre él y, con una destreza alarmante, apartó la cámara.
—¡No, sin fotos!
Dijo, con la autoridad de alguien que sabe exactamente lo que quiere
—¡Lo que yo quiero es que tu bailes!
Él parpadeó.
—¿Perdón?
—¡Que bailes, esta samba! ... Ahora, conmigo.
Y antes de que pudiera objetar, ella le agarró ambas manos. No en un gesto amable, sino con la determinación de una mujer que no iba a aceptar excusas. Le sacudió, se acercó a él, apretando con fuerza su cuerpo a la valla metafórica que delimita a los que actúan de los que miran y que ahora hacía su función, lo empujó al ritmo de la música. Él intentó protestar con la mirada, pero ella no le soltó. No lo haría hasta que lo viera meneando las caderas como un alma condenada al infierno de la danza.
Él, que toda su vida había creído que la vergüenza era un derecho humano inalienable, descubrió que estaba equivocado porque allí estaba, en medio de la multitud, todos pendientes de una escena, destellos de móviles captando el momento viral, testigos de la secuencia de él, sacudiéndose como una maraca averiada, mientras la risa de ella, clara, burlona, encantada, le hacía preguntarse si aquello era la humillación o la felicidad en su forma más pura.
Y entonces, cuando él empezaba a pensar que tal vez, solo tal vez, su espina dorsal jamás se recuperaría, ella desapareció con elegancia entre las plumas de su comparsa, como si fuera un plan preestablecido.
Se esfumó, así, sin más, sin despedirse, sin dejar rastro o al menos un recordatorio de cómo demonios se baila con cierta dignidad.
Confuso, empapado en sudor y con la sensación de haber participado involuntariamente en una broma cósmica, él miró a su cámara, que yacía en el suelo, abandonada como un testigo inútil. La recogió y revisó la última captura.
Allí estaba ella, congelada en un instante de pura euforia, su risa intacta, sus ojos ardiendo.