Su señoría el muy honorable Diputado Albal era un hombre muy moderno, o eso decía cuando convenía. Aunque, curiosamente, muchas de sus costumbres olían a establo medieval con perfume caro.
Entre ellas destacaba una especialmente… histórica:
Una especie de derecho de pernada administrativo, aplicado no sobre campesinas del feudo (que ya sería demasiado anacrónico incluso para él), sino sobre el erario público, que sufría toqueteos presupuestarios cada vez que su señoría el señor Albal organizaba uno de sus “encuentros culturales nocturnos”.
Oficialmente, figuraban como “gastos para fomentar la socialización institucional y el bienestar del representante público”.
Extraoficialmente, todo el mundo sabía que significaba facturas de clubes nocturnos, acompañamientos profesionales premium y champagne capaz de disolver la deuda externa de un país pequeño.
Cuando un pseudo-periodista valiente insinuó que aquello recordaba demasiado al derecho feudal de exigir favores íntimos por el simple hecho de ostentar poder, Albal respondió con su característica mezcla de indignación ofendida y dignidad de ópera:
- ¡Santo Dios, esto es un bulo, producto de un lodazal donde usted trabaja!
- ¡Por favor! ¡Yo jamás abusaría de mi cargo! ¡Además soy feminista porque soy socialista!
- Esto son… ejem actividades para el fortalecimiento emocional del servidor público. Muy recomendadas por psicólogos, sociólogos y… bueno, por mí mismo.
Después añadió, como si fuese una concesión democrática:
- Además, yo no me aprovecho de nadie. Solo del presupuesto, que está para eso, para servir al pueblo… que a su vez me sirve a mí en un bucle recursivo.
Su asesor principal, una especie de mayordomo táctico que parecía haber nacido con traje y subordinación incorporados, asentía como un vasallo certificando la sabiduría del señor:
- Mi señor… digo, señoría diputado, todo gasto es justificable si se le pone un nombre suficientemente largo.
En privado, sus subalternos bromeaban:
- Albal no tiene un despacho, tiene un feudo fiscal.
- Sí, y cada trimestre ejerce su "ius primae noctis"… pero con Mastercard del Estado.
El barón moderno sonreía si alcanzaba a oír esos comentarios, "la envidia era señal de liderazgo", igual que en la Edad Media.
Cuando llegaban las auditorías del Trinunal de Cuentas, él adoptaba la postura clásica de noble ultrajado:
- ¡Que cuestionen mis honorarios! ¡Que cuestionen mis decisiones políticas! ¡Pero que cuestionen mis… gastos recreativos… eso es intolerable! ¡Solo he gastado 420.000 € en 2 años!
Es un ataque directo a mi dignidad institucional y añadía con gravedad casi religiosa:
- La Democracia está en peligro, el problema de la sociedad actual es que ya no se respeta la autoridad moral de los líderes. Antes un señor feudal podía hacer lo que quisiera y nadie lo juzgaba. ¡Eso sí era orden!
Los auditores, naturalmente, no sabían si estaban evaluando una cuenta pública o los registros de una taberna medieval altamente rentable, pero lo verdaderamente curioso, es decir, lo deliciosamente irónico, es que Albal no caía nunca. Jamás.
Cualquier escándalo resbalaba sobre él como el agua sobre un pato con fuero parlamentario.
En cada elección volvía a ganar, con su sonrisa de noble satisfecho y su promesa de “seguir luchando por los ciudadanos”
En cada elección volvía a ganar, con su sonrisa de noble satisfecho y su promesa de “seguir luchando por los ciudadanos”. Los mismos ciudadanos que, al verlo pasar, murmuraban:
- Ahí va nuestro señor feudal posmoderno.
- Sí, pero al menos tiene buen gusto con el dinero que nos quita.
- Más que gusto… libido presupuestaria, diría yo.
- ¡Me gusta la fruta!
- Pero mejor que no votemos a otro, porque somos tan estúpidos que seguro que votariamos mal y nos gobernaria otra señoría aún peor, según dice él.
Al final, Albal era el reflejo perfecto de una verdad incómoda, que cambiamos el caballo o la carreta por un coche oficial, el castillo por un despacho, y la servidumbre por votantes…
Pero la esencia del poder seguía oliendo a pergamino, humo de antorcha y recibos que nadie quiere mirar. Así, entre presupuestos mal empleados, honorarios inflados y “actividades nocturnas” cargadas a la cuenta común, el Barón de la Autonómia del Norte seguía reinando.
Sino porque, a diferencia de sus antepasados medievales, él tenía algo aún más poderoso:
PD Todo parecido con la fantasiá es falso

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