
Como cada tarde de toros, se enfundó el dedal de plata, esperó sentada en silencio en la sala contigua a la enfermería desde la que se entra directamente desde el patio de cuadrillas, una pequeña puerta da acceso a un pequeño espacio de paredes encaladas, excavado debajo del tendido, dos sofás azules, una mesa, seis sillas, fotografías en blanco y negro de toreros famosos y de un caballo famélico con un picador, rompen la sencillez del recinto, fuera se levanta un griterío que avisa de la llegada del diestro.
A los pocos minutos su esbelta figura se recorta sobre el zaguán de la puerta, el traje de luces deslumbra, los adornos de oro compiten con los diseños de encajes granates y plateados, sobre raso de rojo anaranjado, su sonrisa es franca se sienta bajo la lamparita y ella le da los últimos toques, primero cose con el hilo de oro luego con el de plata y respetando cada uno de los diseños, no en vano es la creadora de los mismos, sus manos son certeras, solo agujerea la tela precisa para que ambos costados se encuentren sobre si mismos tras cada puntada obedeciendo esos dedos que funcionan con una rapidez inusitada, solo los roces justos por encima de la ingle y la aguja entra y sale velozmente arrastrando el hilo enhebrado, por fin el nudo final.
Sonríe.
-¡Listo!
Pudo detectar en sus ojos un momento fugaz de angustia, pero se tornaron en una sonrisa para volver a la expresión de seguridad.
-No se que haría sin ti. ¿Vas a ver la faena de esta tarde?
-No, me quedo aquí.
Otra vez el griterío ensordecedor, la trompeta, silencio y las gargantas afinadas poniéndose de acuerdo.
-¡Olé! ¡Olé! ¡Olé! ¡Oleeeeeeeeee!
Aplausos.
Ella con la mirada absorta en una hornacina con una estatuilla de San Pedro Regalado, el patrón de los toreros.
De repente se oyó un golpe seco como de un saco sobre el suelo, luego la plaza entera gritó. Un ¡Ohhhh! sobrecogedor luego percibió un silencio no esperado y gritos desordenados.
La puerta se abrió de golpe con una patada, entró con los pies por delante, en volandas en manos de la cuadrilla con cara desencajada, el buscó su mirada, al encontrarla esbozó un amago de sonrisa, gritos nerviosismo, el cirujano se aproximó a la herida, un charco de oscura sangre manchaba ahora su traje, solo pudo balbucear.
-Ella, que me cosa ella.
Le aplicaron un torniquete y se puso a coserle la vena con un hilo de sutura monofilamento hasta que la sangre dejó de brotar, luego fue agrupando los músculos rasgados los reagrupó con una mano y con la otra suturaba cada uno con el hilo correspondiente sin preguntar a nadie, le resultaba fácil, la cantidad de veces que había soñado aquel cuerpo desnudo y hoy le podía ver su fémur, femoral, muslos y piel todo de golpe, al cabo de un buen rato le había cosido el muslo.
El cirujano estaba totalmente traspuesto, inmobilizado con el material de sutura en la mano, entre otras cosas porque aquella humilde mujer había hecho un trabajo mucho mejor de lo que de él se hubiera podido esperar y ni siquiera le había preguntado nada.
Antes de que perdiera el conocimiento ella le besó dulcemente en la frente (al torero, no al cirujano).
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-Eres una costurera increíble pero hay algo que no te voy a perdonar.
-¿Ah No? ¿no te gustó como te cosí?.
-Si mucho, lo que no me gustó que me cosieras la piel con el hilo de oro y pusieras tus iniciales.
-Para que te acuerdes de mi.