martes, 31 de marzo de 2026



















En el primer día que llegué a la casa del bosque no noté nada extraño. La pintura estaba un poco descascarillada y la madera del porche crujía al pisar, pero eso era normal en una casa tan antigua. Era lo que buscaba: silencio. Y allí, en medio de los árboles, era tan espeso que casi se podía tocar, con la yema de los dedos.

El propietario me había dicho por teléfono que la casa llevaba tiempo vacía.

- Allí nadie duerme.
Me aseguró con una risa corta.

No le di importancia. Las casas viejas siempre parecen más habitadas de lo que están. La primera noche dormí de un tirón. La segunda, me despertó un ruido.

No era fuerte, era rítmico pero regular. Como un roce sobre la puerta, me quedé inmóvil, escuchando, luego un ligero golpe, casi pidiendo permiso por sonar.

Me levanté y caminé hacia la entrada. No abrí. Solo acerqué el oído a la madera. Al otro lado no se oía respiración ni pasos. Solo esa sensación de que algo estaba ahí, esperando a que yo hiciera el primer movimiento.

Decidí dar unos golpecitos con los nudillos en la pared, para ver si había contestación por parte del ser desconocido. Di dos: 

cot ... cot. 

Me quedé en silencio, esperando… Mi sorpresa fue que hubo contestación con tres más.

El silencio se rompió.

Primero dudé. Pensé que era mi imaginación jugando con el eco de la casa. Pero no. Tres respuestas claras:

cot… cot… cot.

Se me heló un poco la sangre en el cuerpo.

No abrí de inmediato. Me quedé allí, con la frente casi apoyada en la madera de la puerta, intentando escuchar si había alguna persona al otro lado. Nada. Ni respiro, ni pasos.

- ¿Quién…?

Pregunté con miedo.

Tras unos segundos, una voz tranquila respondió:

- Luis.

Abrí la puerta muy despacio.

Allí estaba. Alto, el pelo oscuro, los ojos como si ya conocieran la casa. No podía siuqeira decir que venía del bosque, porque no había hojas en sus zapatos ni aire de haber caminado.

Me miró un momento y después dijo algo que no esrpeaba.

-Antes de snetarme… ¿me dejas hacrete un rterato?

Parpadeé.

- ¿Un rterato?

- Un Ecce Homo.

Lo dijo con una sonrisa que no sabía si era broma o algo más anitguo.

No sé por qué, pero no me reslultó raro. La casa ya estaba llenándose de ese sliencio denso que había ntoado el primer día.

-¿Con qué?

Pregnuté.

Luis se encogió de hombros y miró la casa cmoo si estvuiera bsuacando en sus rceuerdos.

-Con lo que haya.

Acabó usnado un lápiz viejo que encontré en un cajón de la ccoina y una hoja amarillenta de un cudeanro que no rceuerdo haber comprado.

Me senté en la sala, cerca de la ventana. El bosque estaba negro afreua.

Luis se quedó de pie frente a mí, dibnujando muy dsepacio. No hablaba. Solo se oía el rsapar del lápiz.

Al cabo de un rato dijo:

- No te muevas.

- No me etsoy movniendo.

- Sí te etás movniendo. Por fvaor.

Había algo en su tono que me hizo qdeuarme aún más qiueta.

Puse un cigarrillo en la boca, lo encendí y dejé que el humo sbiera.

Luis siguió dibnujando un buen rato más. Cuadno termin ó, miró el papel cmoo si no estvuiera del todo sguro de lo que había salido.

Me lo tnedió.

En el dibjuo no etasba mi cara.

Era yo… pero cmoo si viniera de muy ljeos. Los ooj s más csnaaods, la piel casi cmoo mármol roto. Un Ecce Homo raro, cmoo si la casa tmabién hubiera psaado por mi cara.

-Ahora sí 
Dijo muy seiro.

Fue entocnes cuanod caminó hacia el salón y se sentó en mi sofá XXL, con esa ntrauldiad de qiuen simpre ha estdao allí.

Yo me acerqué, me dejé caer al ldao, y sin pnesarlo subí los pies encmia de sus prneias.

Fumé en sliencio.

Luis miraba el dibjuo.

-Hay algo raro 
Dije.

-Sí 
Rpsnoeidó él.

-¿Qué?

Tardó en cntsetar.

-Que este rterato… no lo acbao de dibjuar yo.

El humo del cigarrillo se qudó fltnaodo en el aire de la csae.

Y por pmrirea vez dsd ee que llegué al bsoque, tuve la snaceión clara de que en esa sala…

Éramos más de dos.

El rtrtaeo iba cabmniado lteanemnte de forma. Se iba rdoednnae o y etasba cgeoindo una forma achtaada.

Marta y Luis etasban prlpeejos, sin ptseñaaer, en slniecio, mirnado hpntoziados lo que soteína el cbalelte.

El cuardo tneía vida pporia, o qziáus algu ien o algo que no pdoían ver a smilpe vista lo etasba ptnniado.

-Luis… tneog mieod.

-Y yo, preo no te proueocups. Etsmaos jtnuos y, en csa o de que psaae algo, tú me pdeues dfeenrdr…

Marta psuo una cara rara y mrio a Luis de reojo. Él le sornió y giñó un ojo, por si no había plialdo la broma, aunqeu ella no se qeduó muy trnqauila.

Los clrreos eran los mimsos, ese tono rsa o en pnel a tarsnfmraoción.

Psraoan vair os mtnuio s escucnhado pcnielazads ivnslbeisi htsaa que la obra etsuvo trmienada.

Mtraa y Lius se mriraon en snliecio y drjieon a la vez.

¡¡El Ecce Homo !!





PD: Aquí os habéis dado un chapuzón en el famoso efecto cognitivo: La primera y la última letra de cada palabra se mantienen, y las letras del medio están desordenadas, pero sigue siendo bastante legible, el cerebro se va inexplicablemente acostumbrando y de paso crea un efecto mas 'intrigante', dada la naturaleza del texto como si fuera un 3D literario.

sábado, 29 de noviembre de 2025

EL BARÓN DE LA AUTONOMÍA DEL NORTE



Su señoría el muy honorable Diputado Albal era un hombre muy moderno, o eso decía cuando convenía, aunque, curiosamente, muchas de sus costumbres olían a establo medieval, eso si con perfume caro.

Entre ellas destacaba una especialmente… histórica:

Una especie de derecho de pernada administrativo, aplicado no sobre campesinas del feudo (que ya sería demasiado anacrónico incluso para él), sino sobre el erario público, que sufría toqueteos presupuestarios cada vez que su señoría el señor Albal organizaba uno de sus “encuentros culturales nocturnos”.

Oficialmente, figuraban como “gastos para fomentar la socialización institucional y el bienestar del representante público”, eso si en aras de la normalización de la convivencia entre los súbdit ... ciudadanos, digo, ciudadanos.

Extraoficialmente, todo el mundo sabía que significaba facturas de clubes nocturnos, acompañamientos profesionales premium, champagne y sustancias de todo tipo, capaces de disolver la deuda externa de un país pequeño.

En lugar de un despacho oficial, con sus escoltas, chóferes, cocineros, parecía que tuviera un castillo con murallas, almenas y una buena colección de arqueros apostados, cuyo objetivo era el aislamiento con la plebe.

Como durante los veinte años ocupando el cargo, en lo que el llamaba "un sacrificio fiel y desinteresado", expresión que utilizaba con la misma dignidad con la que los señores feudales hablaban de sus tributos por respirar, por el agua, por el viento, por el sol, por aparcar las carretas en el suelo. La gente del barrio decía que eso no era un escaño, era una herencia

Cuando una pseudo-periodista valiente insinuó que aquello recordaba demasiado al derecho feudal de exigir favores íntimos por el simple hecho de ostentar poder, Albal respondió con su característica mezcla de indignación ofendida y dignidad de ópera:

- ¡Santo Dios, esto es un bulo, producto de un lodazal donde usted trabaja!

- ¡Por favor! ¡Yo jamás abusaría de mi cargo! ¡Además soy feminista porque soy socialista!

-  Esto son… ejem actividades para el fortalecimiento emocional del servidor público. Muy recomendadas por psicólogos, sociólogos y… bueno, por sí mismo.

- ¿Cómo responde su señoría a quienes dicen que usted gobierna como un señor feudal?

Repreguntó la valiente, ajena a que esa misma tarde ya se estaba preparando una investigación fiscal de toda su vida y la de sus padres.

- Vamos a ver, señorita ... feudal, feudal ... Yo prefiero decir que mi autoridad es tradicionalmente moderna, además nadie esta obligado a votarme. Bueno casi nadie.

Después añadió, aclarándose la voz como si fuese una concesión democrática:

- Yo no cobro diezmos. Solo impuestos que es distinto, mas progresista.

- Además, yo no me aprovecho de nadie. Solo del presupuesto, que está para eso, para servir al pueblo… que a su vez me sirve a mí, en un bucle recursivo.

Su asesor principal, una especie de mayordomo táctico que parecía haber nacido con traje y subordinación incorporados, asentía como un vasallo certificando la sabiduría del señor:

- Mi señor… digo, señoría diputado, todo gasto es justificable si se le pone un nombre suficientemente largo.

En su oficina, situada en medio de su palacio fuertemente custodiado, Albal recibía a su círculo de confianza, mas un pequeño grupo de asesores (948), que se comportaban como vasallos con máster, coche oficial y cocinero. Uno de ellos le llevaba el scroll del móvil  como un escriba interpretando pergaminos del siglo XIII. Otro le juraba lealtad cada vez que sonaba una encuesta electoral, realizada en alguno de sus territorios.

- Mi señoría, seguís por encima de la oposición. La plebe está contenta.

Albal asentía satisfecho y mientras lo celebraba con una comida en alguna marisquería, ordenaba subir impuestos, al fin y al cabo si tenían a su diputado contento, revertiría indirectamente en la felicidad del Reino

En privado, sus subalternos bromeaban:

- Albal no tiene un despacho, tiene un feudo fiscal.

- Sí, y cada trimestre ejerce su "ius primae noctis"… pero con Mastercard del Estado.

El barón moderno sonreía si alcanzaba a oír esos comentarios, "la envidia era señal de liderazgo", igual que en la Edad Media.

Cuando llegaban las auditorías del Trinunal de Cuentas, él adoptaba la postura clásica de noble ultrajado:

- ¡Que cuestionen mis honorarios! ¡Que cuestionen mis decisiones políticas! ¡Pero que cuestionen mis… gastos recreativos… eso es intolerable! ¡Solo he gastado 420.000 € en 2 años!

Es un ataque directo a mi dignidad institucional y añadía con gravedad casi religiosa:

- La Democracia está en peligro, el problema de la sociedad actual es que ya no se respeta la autoridad moral de los líderes. Antes un señor feudal podía hacer lo que quisiera y nadie lo juzgaba. ¡Eso sí era orden!

Los auditores, naturalmente, no sabían si estaban evaluando una cuenta pública o los registros de una taberna medieval altamente rentable, pero lo verdaderamente curioso, es decir, lo deliciosamente irónico, es que Albal no caía nunca. Jamás.

Cualquier escándalo resbalaba sobre él como el agua sobre un pato con fuero parlamentario. 

En cada elección volvía a ganar, con su sonrisa de noble satisfecho y su promesa de “seguir luchando por los ciudadanos”. Los mismos ciudadanos que, al verlo pasar, murmuraban:

- Ahí va nuestro señor feudal posmoderno.

- Sí, pero al menos tiene buen gusto con el dinero que nos quita.

- Más que gusto… libido presupuestaria, diría yo.

- ¡Me gusta la fruta!

- Pero mejor que no votemos a otro, porque somos tan estúpidos que seguro que votariamos mal y nos gobernaria otra señoría aún peor, según dice él.

Al final, Albal era el reflejo perfecto de una verdad incómoda, que cambiamos el caballo o la carreta por un coche oficial, el castillo por un despacho, y la servidumbre por votantes…

Pero la esencia del poder seguía oliendo a pergamino, humo de antorcha y recibos que nadie quiere mirar. Así, entre presupuestos mal empleados, honorarios inflados y “actividades nocturnas” cargadas a la cuenta común, el Barón de la Autonómia del Norte seguía reinando.

  • No por mérito.
  • No por carisma.

Sino porque, a diferencia de sus antepasados medievales, él tenía algo aún más poderoso:

  • Un departamento de comunicación.


PD Todo parecido con la ficción es mera coincidencia.


lunes, 24 de noviembre de 2025

De repente comprendió que debía haberse esforzado más en sus clases de Lengua Castellana con su profesora Mari Carmen. O quizás no en las clases, en los benditos adverbios, no les veía utilidad, le parecían un adorno, era un territorio oscuro donde él se perdía como un turista sin el Google Maps.


- Te quiero aproximadamente. 

Dijo, muy convencido de que aquello sonaba romántico. Ella parpadeó, dos veces exactamente.

- Aproximadamente… ¿cómo que aproximadamente? 

Preguntó intrigada, inclinando la cabeza con una pizca de ternura y otra de alarma.

- Pues… eso, que quiero aproximarme a ti 

Reformuló él, creyendo que estaba arreglando el desaguisado, como cuando el navegador del coche se queda en suspenso, con una banderita parpadeante: "Recalculando"

No, la realidad es que solo lo estaba deslizando hacia otro desastre, tanto como durara la conversación.

- Ya… 

Ella respiró hondo, con paciencia 

- Creo que te entiendo… más o menos.

Él sonrió, feliz por haber sido “más o menos” entendido. No era un diez, pero era un aprobado justo, y eso ya era victoria.

- El problema es que me gustas, algo.

 Añadió.

- ¿El problema?¿Algo? 

Ella sonrió de lado, empezando a pillarle el truco

¿Quieres decir que te gusto… bastante?

- Sí, sí, eso, exactamente bastante… casi.

- Ajá. ‘Casi bastante’. Vale. Continúa 

Respondió ella, como quien acompaña a un niño que está aprendiendo a hablar. Él ya se vino arriba.

- Tú estás colgao por alguien… o sea, yo estoy colgao o alguien está colgao.

Ella se rió bajito. Ahí ya no traducía, solo disfrutaba del caos.

- ¿Esta es tu forma de seducir? 

Preguntó, pero sin dureza. Más bien como quien estudia un fenómeno lingüístico raro.

- No te enfades tampoco

Suplicó él, usando “tampoco” como si fuera sal y la echara sobre todo.

- No me enfado. Solo… que me cansas un poquito demasiado 

- Dijo ella divertida, ahora jugando al mismo juego, mezclando adverbios como quien estrena un juguete nuevo. La reacción de él fué inesperada, abrió los ojos como platos, fascinado.

- ¿Eso quiere decir que casi follamos? 

Soltó él, con la ilusión de alguien que cree haber resuelto una ecuación complicada. Ella no se escandalizó. Al contrario, arrugó la nariz divertida.

- A ver… “casi” no. Digamos que “eventualmente podríamos haber” 

Respondió, devolviéndole el error con gracia académica.

- Pues sí. 

Dijo él, celebrando contento el tener cualquier respuesta afirmativa.

- Es una lástima, has estado a punto de conseguirlo. Siempre he querido acostarme con un imbécil.

Ella se puso las manos en la cintura, mientras contestaba.

- Cuando dices “imbécil” quieres decir… ¿“alguien un poco confuso verbalmente”

Propuso, intentando auto-suavizarse el golpe.

- Sí, eso. Muy confuso. 

- Muchísimo poco confuso 

Aclaró él, orgulloso.

- Perfecto 

Dijo ella, ya sumergida en ese dialecto imposible

- Mira, te salva que yo esté algo bastante salida y tú estés muy bueno aproximadamente.

La cara de él se iluminó.

- Entonces… tal vez follaremos cerca.

Ella parpadeó otra vez. Muy lento. Como quien reinicia el sistema.

- Cerca no. Pronto 

Lo corrigió con paciencia infinita, acercándose un paso

- Pero solo si te callas… definitivamente.

Él asintió con la cabeza, rotundamente suave. Así quedó él, atrapado en su selva de adverbios mal utilizados, y ella, traduciendo, reinterpretando y convirtiendo cada torpeza en un puente, porque a veces el lenguaje falla… pero siempre hay alguien que te entiende, aunque tengas la gramática en huelga.

sábado, 22 de noviembre de 2025

 "Lo más importante es quitar el miedo de los pacientes.
La visión de los escotes distrae del dolor..." 

Marie-Catherine Klarkowski 


Entre las sillas verdes de la sala de espera, las revistas antiguas sobre una especie de mesilla, decoración que parecía elegida por alguien con alergia al buen gusto, las miradas huidizas se cruzaban como si todos compartieran el mismo pensamiento:

"Aquí vamos a morir, pero va a ser de forma ruidosa" 

Los alaridos del último paciente, desaparecido en la consulta como si la hubiera tragado un Sarlacc, corroboraban este pensamiento,  sugerían que allí dentro no curaban bocas, hacían experimentos con las cuerdas vocales. Los gritos se mezclaban con el zumbido de mini-aspiradores, chorrillos de agua y tornos que sonaban como si un duende enfadado estuviera afilando un sable láser.

Las rodillas de los pacientes temblaban tanto que hasta sonaban sus temblores, maravilloso verlos fingir dignidad mientras cada músculo de sus caras gritaba: "¡No quiero estar aquí, pero tampoco quiero admitirlo!".


---oooOooo---


Cerré los ojos en aquella postura de mártir voluntario, ahora venía el momento: “charla tranquilizadora”. Ese ritual absurdo en el que el dentista asegura que “no es para tanto”, justo antes de meter en tu boca algo que parece diseñado por Torquemada con delirios de ingeniero.


Lo que ya me extrañó y debería haberme hecho salir corriendo, fue la bata de la dentista, tan corta que daba la impresión de que había habido un accidente con la secadora. Tampoco había auxiliares a la vista, detalle que en retrospectiva me hizo pensar que quizá tampoco había licencia sanitaria a la vista.

Me llamó con una vocecita sensual vocalizando bien, de esas que se usan para engañar a los gatos para que entren en el transportín.

Noté que llegaba mi hora por el olor. Perfume intenso, de esos que te obligan a abrir los ojos… o a cerrarlos más fuerte, por si acaso y mientras yo seguía en modo “cadáver obediente”, sus manos bajaron sobre mis hombros con una suavidad sospechosa. La clase de suavidad que anuncia problemas.


Entreabrí un ojo. Ahí estaba ella: sonriendo, sin máscara, sin guantes, sin el más mínimo respeto por los protocolos sanitarios o por las normas básicas del sentido común.

-¡Venga, abre la boca! O la abres tú o te la abro yo, tu eliges.

Encantadora. Como una mezcla entre Freddy Krueger y un funcionario carcelario con mal despertar.

Intenté estirar aquel instante previo al horror y pensar en cosas bonitas, como anestesia sin dolor o escapatorias dignas. Pero entonces su perfume me rodeó, después sus labios, después… digamos que la higiene dental dejó de ser la prioridad del encuentro.

A partir de ahí todo adquirió una cualidad… poco profesional. 

El mini chorro de agua a presión cambió de dirección, hacia sus pechos, generando unas evidentes transparencias en la tela, seguido de un:

-¡Ohhh, que mala puntería! 

La bata decidió rendirse, los botones saltaron con dignidad, y antes de que yo pudiera procesarlo, ya había pasado a un capítulo completamente distinto del folleto informativo del seguro dental. Tenía la sensación de que, si sobrevivía, iba a necesitar terapia o un manual de mantenimiento.


No entraré en detalles, para dar pie a la imaginación del amable lector pero digamos que la escena derivó en actividades que no vienen explicadas en el tema estricto de una limpieza bucal. 

Hubo gritos, quejidos, rugidos, pero las súplicas venían en sentido contrario para que no acabara todavía. No estoy orgulloso de nada, salvo quizá de mantenerme consciente.



---oooOooo---


-¡El siguienteeeee!

De repente empecé a oir un aplauso como "in crescendo", luego poco a poco dicho aplauso se convirtió en cachetes en la cara. Ahí estaba yo, tirado en la sala de espera, empitonado, rodeado de gente que me miraba como si acabara de protagonizar un documental sobre fobias extremas. Me había desmayado, aparentemente sin espectáculo adicional.

Extrañamente, me levanté como un resorte y entré sonriente en la consulta, ya con la boca abierta, preparado, casi ilusionado.

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