No porque alguien se lo haya contado, a los bancos nadie les cuenta nada, sino porque el peso del culo deja huella, los cuerpos hablan sin darse cuenta, hay formas de sentarse que son confesiones.
Este banco, el nuevo, el de madera pulida que aún huele a barniz en las noches húmedas, aprendió pronto que no heredó solo un lugar, heredó una historia auténtica y las historias, cuando se quedan impregnadas en el suelo, suben por las patas, se filtran por los tornillos, se acomodan entre las vetas como si siempre hubieran vivido allí.
Al principio no las entendía.
Dos mujeres que llegaban desde direcciones opuestas, como si el mundo las escupiera hacia él a la misma hora cada día. Se sentaban siempre igual. Eso fue lo primero que comprendió:
El ritual, los humanos necesitan repetir para sentirse seguros.
La de la izquierda, esa que apoya la espalda, pesa distinto, ni más, ni menos. Distinto. Se deja caer con cuidado, midiendo cuánto de sí misma entrega. Esa mujer guarda cosas. No las suelta todas. El banco lo nota en la tensión de los hombros, en cómo a veces descarga el peso de golpe, como si por un segundo olvidara sostenerse.
La otra… la otra no se sienta, invade.
Se abre, se derrama, ocupa más espacio del que necesita, como si quisiera demostrar que está entera incluso cuando no lo está, sus movimientos son bruscos, pero no de fuerza, de defensa. Como un animal que hace ruido para que no se note el miedo.
El banco aprendió a distinguir sus silencios.
Hay silencios cómodos, que pesan poco. Esos en los que el cuerpo descansa y la madera casi flota. Y luego están los otros… los que crujen. Los que hacen que hasta los tornillos se tensen.
Hoy, por ejemplo.
Hoy el silencio ha sido denso, casi húmedo. El banco lo sintió antes de que ellas se sentaran. Hay días en los que el aire llega cargado, como si la plaza supiera lo que va a ocurrir y respirara más despacio para no interrumpir.
Cuando la taciturna ha apoyado los codos en las rodillas, el banco ha entendido que algo se rompía. No es la primera vez. Pero cada vez suena distinto.
Los humanos tienen la fea costumbre de creer que sus secretos viven en las palabras.
Qué error tan entrañable.
Las palabras son lo de menos. Son solo el envoltorio. El banco escucha lo que no dicen, la presión de los dedos contra la madera, el temblor mínimo cuando alguien contiene el llanto, el leve desplazamiento del peso cuando una verdad está a punto de salir pero todavía no tiene forma.
Y ese “imbécil”…
El banco no sabe quién es, pero lo conoce.
Lo ha sentido nombrar en otras noches. En cómo una de ellas se encogía apenas unos milímetros. En cómo la otra se inclinaba hacia ella, invadiendo el espacio como si pudiera construir un muro invisible con su propio cuerpo para defenderla.
El banco ha llegado a una conclusión: los humanos nunca se libran del todo de aquello que los rompió. Solo aprenden a sentarse encima.
Por eso ellas vuelven, no por la plaza, ni la fuente, ni tan siquiera por la costumbre
Vuelven porque aquí pueden ser el peso real de lo que son.
El banco las sostiene sin preguntar. Sin corregir. Sin ofrecer soluciones baratas como hacen los humanos entre ellos. Él no habla. No necesita hacerlo. Su función es más honesta, aguantar.
Aguantarlo todo, mentiras pequeñas, verdades grandes, esos planes que ya se ve que nunca serán, las versiones de sí mismas que ya no existen.
Y sobre todo… el cansancio, ese que no es del cuerpo.
El que hace que una persona mire al frente, a una fuente, a la nada, da igual y piense que tal vez no merece la pena seguir empujando.
El banco ha aprendido que ese pensamiento pesa más que cualquier cuerpo pero también ha aprendido otra cosa.
Siempre hay un momento, mínimo, casi imperceptible, en el que el peso cambia. No desaparece. Nunca desaparece. Pero se redistribuye. Como si alguien, desde dentro, recolocara las piezas para que no se derrumbe todo.
Hoy ha ocurrido cuando se han cogido de la mano.
Ese detalle, aligera
No mucho, solo lo justo.
El banco lo agradece, aunque no sabría explicarlo. Quizá porque también él necesita pequeños descansos. Porque incluso la madera, por muy firme que sea, acumula fatiga.
Pero el banco no está solo por las noches.
Cuando ellas se van, la plaza se vacía y la fuente sigue hablando consigo misma, entonces aparece él.
El otro peso, el que no se va.
El indigente llega arrastrando los pies, murmurando antes incluso de sentarse, como si discutiera con el aire. Siempre mira el banco con una mezcla de desprecio y resignación, como quien se ve obligado a dormir en casa ajena.
- No eres lo mismo…
Gruñe cada noche. El otro banco sí que sabía escuchar…
Y se deja caer, pero no encaja. Nunca encaja.
Se mueve. Se recoloca. Maldice.
- Más duro que la conciencia …
Escupe, dándole un par de golpes con la palma, el hierro era otra cosa… se amoldaba…era fléxible, tenía memoria… (aunque la realidad es que su espalda también se había amoldado a las tiras algo fléxibles del hierro) y ahora costaba volverse a acostumbrar
El banco lo siente en sus vetas, este hombre no pesa como las otras, no porque pese menos.
Sino porque no reparte el peso. Lo lanza, lo deja caer entero, sin cuidado, sin negociación. Como si no esperara nada a cambio. Como si ya hubiera aprendido que nada devuelve la forma exacta de lo perdido.
Pero miente, el banco lo sabe.
Porque cuando no puede dormir, que es casi siempre antes de amoldar la espalda a la madera, empieza a hablar en voz alta.
Y entonces ocurre algo curioso, el hombre recoge lo que el banco guarda.
No sabe cómo, pero lo hace.
- “Cien euros…”
Dice una noche, mirando al vacío
- Cien euros y todo el mes por delante… quién los pillara, vaya negocio…
El banco cruje levemente.
- Y la otra… la lista… “valora lo que tienes”…
Imita, con una sonrisa torcida
- Pero que fácil es decirlo cuando no te falta el aire…
Se gira, suspira, se frota la cara con manos sucias de calle y de días.
- Pero tiene razón, ¿eh?
Añade, ahora más bajo
- La jodida tiene razón…
El banco entiende entonces que el indigente no solo duerme allí, escucha, absorbe a través de la madera.
Roba fragmentos de conversaciones que no son suyas y las mastica en la oscuridad como si fueran pan duro.
- El imbécil…
Musita otra noche
- Siempre hay uno… siempre hay un imbécil en todas las historias… si no es uno, es otro… y si no… eres tú…
A veces se ríe solo, otras, se enfada.
- ¡Que no es el dinero, coño!
Dice de repente, incorporándose
- ¡Que nunca es el dinero!… … pero sin dinero tampoco eres nadie…
Se queda en silencio.
El banco siente cómo ese pensamiento se desploma sobre él, pesado, sin matices.
- Menuda trampa…
Susurra al final, tumbándose otra vez
- Menuda trampa…
Y entonces, en mitad de la noche, el indigente se convierte en algo más, en una especie de narrador involuntario.
Recoge los secretos de ellas, los mezcla con los suyos, los deforma, los escupe en voz alta como si necesitara oírlos para creérselos.
- “Nuestra plaza”…
Dice con una media sonrisa
- Nadie tiene nada… pero todos dicen “mío”… qué risa…
A veces se queda callado de golpe, como si hubiera entendido algo que no le gusta.
Como si una de esas conclusiones se le hubiera clavado demasiado hondo.
Es entonces, cuando por un instante muy breve, su peso cambia.
Se vuelve… mas humano, casi ligero pero dura poco. Siempre dura poco.
Vuelve a pesar, a moverse, a quejarse, a insultar al banco por no ser el de antes.
- El de antes sí que me conocía…
Murmura, ya medio dormido
- Este aún no…
Y el banco, en silencio, lo sostiene pues es su cometido, como sostiene a las otras.
Sin corregirlo, sin contradecirlo, sin explicarle que sí… que también lo conoce.
Que ya ha aprendido su forma, donde están sus duros omoplatos, su caderas, que también él deja huella.
Cuando el amanecer empieza a aclarar la plaza, el indigente se levanta, rígido, malhumorado, como si la noche no le hubiera servido para nada.
Se marcha sin despedirse, nunca se despide.
Y queda otra vez el hueco, otro distinto, un vacío más áspero, más desordenado, el banco se queda solo otra sin piernas que le protejan de las cagarrutas de las palomas.
Mira, si es que los bancos pueden mirar, hacia la fuente, escucha el agua que cae sin preguntarse nada, y piensa:
"Los humanos son criaturas extrañas. Se rompen, se cosen, se vuelven a romper… y aun así regresan al mismo lugar, como si el suelo pudiera recordar por ellos quiénes son."
Quizá tenga razón, porque mañana volverán, una por la derecha, otra por la izquierda.
Y por la noche, él.
Él permanecerá, ahí, no puede desplazarse ni acercarse a la fuente en verano, esperará, no para escucharlos.
Sino para sostener todo aquello que ni siquiera ellos se atreven a nombrar.
PD Post íntimamente relacionado
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Su señoría el muy honorable Diputado Albal era un hombre muy moderno, o eso decía cuando convenía, aunque, curiosamente, muchas de sus costumbres olían a establo medieval, eso si con perfume caro.
Entre ellas destacaba una especialmente… histórica:
Una especie de derecho de pernada administrativo, aplicado no sobre campesinas del feudo (que ya sería demasiado anacrónico incluso para él), sino sobre el erario público, que sufría toqueteos presupuestarios cada vez que su señoría el señor Albal organizaba uno de sus “encuentros culturales nocturnos”.
Oficialmente, figuraban como “gastos para fomentar la socialización institucional y el bienestar del representante público”, eso si en aras de la normalización de la convivencia entre los súbdit ... ciudadanos, digo, ciudadanos.
Extraoficialmente, todo el mundo sabía que significaba facturas de clubes nocturnos, acompañamientos profesionales premium, champagne y sustancias de todo tipo, capaces de disolver la deuda externa de un país pequeño.
En lugar de un despacho oficial, con sus escoltas, chóferes, cocineros, parecía que tuviera un castillo con murallas, almenas y una buena colección de arqueros apostados, cuyo objetivo era el aislamiento con la plebe.
Como durante los veinte años ocupando el cargo, en lo que el llamaba "un sacrificio fiel y desinteresado", expresión que utilizaba con la misma dignidad con la que los señores feudales hablaban de sus tributos por respirar, por el agua, por el viento, por el sol, por aparcar las carretas en el suelo. La gente del barrio decía que eso no era un escaño, era una herencia.
Cuando una pseudo-periodista valiente insinuó que aquello recordaba demasiado al derecho feudal de exigir favores íntimos por el simple hecho de ostentar poder, Albal respondió con su característica mezcla de indignación ofendida y dignidad de ópera:
- ¡Santo Dios, esto es un bulo, producto de un lodazal donde usted trabaja!
- ¡Por favor! ¡Yo jamás abusaría de mi cargo! ¡Además soy feminista porque soy socialista!
- Esto son… ejem actividades para el fortalecimiento emocional del servidor público. Muy recomendadas por psicólogos, sociólogos y… bueno, por sí mismo.
- ¿Cómo responde su señoría a quienes dicen que usted gobierna como un señor feudal?
Repreguntó la valiente, ajena a que esa misma tarde ya se estaba preparando una investigación fiscal de toda su vida y la de sus padres.
- Vamos a ver, señorita ... feudal, feudal ... Yo prefiero decir que mi autoridad es tradicionalmente moderna, además nadie esta obligado a votarme. Bueno casi nadie.
Después añadió, aclarándose la voz como si fuese una concesión democrática:
- Yo no cobro diezmos. Solo impuestos que es distinto, mas progresista.
- Además, yo no me aprovecho de nadie. Solo del presupuesto, que está para eso, para servir al pueblo… que a su vez me sirve a mí, en un bucle recursivo.
Su asesor principal, una especie de mayordomo táctico que parecía haber nacido con traje y subordinación incorporados, asentía como un vasallo certificando la sabiduría del señor:
- Mi señor… digo, señoría diputado, todo gasto es justificable si se le pone un nombre suficientemente largo.
En su oficina, situada en medio de su palacio fuertemente custodiado, Albal recibía a su círculo de confianza, mas un pequeño grupo de asesores (948), que se comportaban como vasallos con máster, coche oficial y cocinero. Uno de ellos le llevaba el scroll del móvil como un escriba interpretando pergaminos del siglo XIII. Otro le juraba lealtad cada vez que sonaba una encuesta electoral, realizada en alguno de sus territorios.
- Mi señoría, seguís por encima de la oposición. La plebe está contenta.
Albal asentía satisfecho y mientras lo celebraba con una comida en alguna marisquería, ordenaba subir impuestos, al fin y al cabo si tenían a su diputado contento, revertiría indirectamente en la felicidad del Reino
En privado, sus subalternos bromeaban:
- Albal no tiene un despacho, tiene un feudo fiscal.
- Sí, y cada trimestre ejerce su "ius primae noctis"… pero con Mastercard del Estado.
El barón moderno sonreía si alcanzaba a oír esos comentarios, "la envidia era señal de liderazgo", igual que en la Edad Media.
Cuando llegaban las auditorías del Trinunal de Cuentas, él adoptaba la postura clásica de noble ultrajado:
- ¡Que cuestionen mis honorarios! ¡Que cuestionen mis decisiones políticas! ¡Pero que cuestionen mis… gastos recreativos… eso es intolerable! ¡Solo he gastado 420.000 € en 2 años!
Es un ataque directo a mi dignidad institucional y añadía con gravedad casi religiosa:
- La Democracia está en peligro, el problema de la sociedad actual es que ya no se respeta la autoridad moral de los líderes. Antes un señor feudal podía hacer lo que quisiera y nadie lo juzgaba. ¡Eso sí era orden!
Los auditores, naturalmente, no sabían si estaban evaluando una cuenta pública o los registros de una taberna medieval altamente rentable, pero lo verdaderamente curioso, es decir, lo deliciosamente irónico, es que Albal no caía nunca. Jamás.
Cualquier escándalo resbalaba sobre él como el agua sobre un pato con fuero parlamentario.
En cada elección volvía a ganar, con su sonrisa de noble satisfecho y su promesa de “seguir luchando por los ciudadanos”. Los mismos ciudadanos que, al verlo pasar, murmuraban:
- Ahí va nuestro señor feudal posmoderno.
- Sí, pero al menos tiene buen gusto con el dinero que nos quita.
- Más que gusto… libido presupuestaria, diría yo.
- ¡Me gusta la fruta!
- Pero mejor que no votemos a otro, porque somos tan estúpidos que seguro que votariamos mal y nos gobernaria otra señoría aún peor, según dice él.
Al final, Albal era el reflejo perfecto de una verdad incómoda, que cambiamos el caballo o la carreta por un coche oficial, el castillo por un despacho, y la servidumbre por votantes…
Pero la esencia del poder seguía oliendo a pergamino, humo de antorcha y recibos que nadie quiere mirar. Así, entre presupuestos mal empleados, honorarios inflados y “actividades nocturnas” cargadas a la cuenta común, el Barón de la Autonómia del Norte seguía reinando.
Sino porque, a diferencia de sus antepasados medievales, él tenía algo aún más poderoso:
PD Todo parecido con la ficción es mera coincidencia.
Etiquetas: feudal , pensamiento , pernada , relato
De repente comprendió que debía haberse esforzado más en sus clases de Lengua Castellana con su profesora Mari Carmen. O quizás no en las clases, en los benditos adverbios, no les veía utilidad, le parecían un adorno, era un territorio oscuro donde él se perdía como un turista sin el Google Maps.
- Te quiero aproximadamente.
Dijo, muy convencido de que aquello sonaba romántico. Ella parpadeó, dos veces exactamente.
- Aproximadamente… ¿cómo que aproximadamente?
Preguntó intrigada, inclinando la cabeza con una pizca de ternura y otra de alarma.
- Pues… eso, que quiero aproximarme a ti
Reformuló él, creyendo que estaba arreglando el desaguisado, como cuando el navegador del coche se queda en suspenso, con una banderita parpadeante: "Recalculando".
No, la realidad es que solo lo estaba deslizando hacia otro desastre, tanto como durara la conversación.
- Ya…
Ella respiró hondo, con paciencia
- Creo que te entiendo… más o menos.
Él sonrió, feliz por haber sido “más o menos” entendido. No era un diez, pero era un aprobado justo, y eso ya era victoria.
- El problema es que me gustas, algo.
Añadió.
- ¿El problema?¿Algo?
Ella sonrió de lado, empezando a pillarle el truco
- ¿Quieres decir que te gusto… bastante?
- Sí, sí, eso, exactamente bastante… casi.
- Ajá. ‘Casi bastante’. Vale. Continúa
Respondió ella, como quien acompaña a un niño que está aprendiendo a hablar. Él ya se vino arriba.
- Tú estás colgao por alguien… o sea, yo estoy colgao o alguien está colgao.
Ella se rió bajito. Ahí ya no traducía, solo disfrutaba del caos.
- ¿Esta es tu forma de seducir?
Preguntó, pero sin dureza. Más bien como quien estudia un fenómeno lingüístico raro.
- No te enfades tampoco
Suplicó él, usando “tampoco” como si fuera sal y la echara sobre todo.
- No me enfado. Solo… que me cansas un poquito demasiado
- Dijo ella divertida, ahora jugando al mismo juego, mezclando adverbios como quien estrena un juguete nuevo. La reacción de él fué inesperada, abrió los ojos como platos, fascinado.
- ¿Eso quiere decir que casi follamos?
Soltó él, con la ilusión de alguien que cree haber resuelto una ecuación complicada. Ella no se escandalizó. Al contrario, arrugó la nariz divertida.
- A ver… “casi” no. Digamos que “eventualmente podríamos haber”
Respondió, devolviéndole el error con gracia académica.
- Pues sí.
Dijo él, celebrando contento el tener cualquier respuesta afirmativa.
- Es una lástima, has estado a punto de conseguirlo. Siempre he querido acostarme con un imbécil.
Ella se puso las manos en la cintura, mientras contestaba.
- Cuando dices “imbécil” quieres decir… ¿“alguien un poco confuso verbalmente”?
Propuso, intentando auto-suavizarse el golpe.
- Sí, eso. Muy confuso.
- Muchísimo poco confuso
Aclaró él, orgulloso.
- Perfecto
Dijo ella, ya sumergida en ese dialecto imposible
- Mira, te salva que yo esté algo bastante salida y tú estés muy bueno aproximadamente.
La cara de él se iluminó.
- Entonces… tal vez follaremos cerca.
Ella parpadeó otra vez. Muy lento. Como quien reinicia el sistema.
- Cerca no. Pronto
Lo corrigió con paciencia infinita, acercándose un paso
- Pero solo si te callas… definitivamente.
Él asintió con la cabeza, rotundamente suave. Así quedó él, atrapado en su selva de adverbios mal utilizados, y ella, traduciendo, reinterpretando y convirtiendo cada torpeza en un puente, porque a veces el lenguaje falla… pero siempre hay alguien que te entiende, aunque tengas la gramática en huelga.

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