domingo, 4 de octubre de 2026




Olivia sintió un escalofrio, un cosquilleo extraño le recorrió la nuca, no, no era el viento húmedo que venía del mar, ni la arena que se le pegaba a la piel, sino esa sensación nítida de ser observada. Se incorporó con lentitud, como si no tuviera prisa, pero sus ojos, oscuros y afilados recorrieron la playa hasta que por fin lo vio detrás suyo, u
n hombre con una visera azul, que fingía admirar el horizonte mientras ajustaba la cámara. 

-Bonita vista, ¿no? 
Dijo ella, caminando hacia él, dejando que la arena húmeda crujiera bajo sus pies descalzos. El fotógrafo apenas se inmutó. 

-Impresionante.
Respondió sin apartar la cámara de sus manos
-La luz es… caprichosa hoy. 

Olivia ladeó la cabeza y sonrió, con la típica sonrisa-mueca, que no anticipa si viene tormenta o calma. 
-¿La luz… o yo? 

Él sostuvo su mirada, midiendo las palabras. 
-Digamos que cuando ambas coinciden, uno no puede resistirse a apretar el disparador. Olivia estaba plantada a un metro escaso. Tenía el cabello mojado, el agua resbalando por su espalda y marcando la curva de la cintura. 

-¿Acaso me estás fotografiando sin permiso? 
Preguntó, pero no había enfado en su voz, sino un reto implícito. 
 
-Digamos que… te estoy guardando para cuando las nubes se vayan. Olivia arqueó una ceja, divertida. 
-¿Y si no quiero que me guarden?
 
Él bajó la cámara, pero no la colgó. La tensión era un hilo invisible entre los dos. 
-Entonces tendré que borrar las fotos, si no hay mas remedio … 
Dijo con calma.

-Sería una lástima, hay cosas que el mar y la arena no saben repetir. Olivia dio un paso más, tan cerca que pudo oler el salitre sal en su piel. 
-O… 
Susurró. Podrías enseñármelas antes de decidir si valen la pena. El hombre sonrió. 

-Trato hecho. Pero te advierto… a veces una foto revela más de quien la ve que de quien está en ella. 

-Perfecto. 
Dijo ella, y le arrebató la cámara con una destreza inesperada, lo cuál demostraba que el arte de la fotografía no le era ajeno.

-Siempre quise saber qué ven los ojos de un ladrón de instantes. 

Olivia sostuvo la cámara como si fuera un objeto frágil, aunque por dentro sentía su peso exacto, no el del metal, sino el de la mirada que había estado sobre ella. La encendió con destreza y sin pedir permiso, y las imágenes aparecieron una tras otra. Allí estaba ella: entre espuma y nácar, riendo con la boca abierta, con el cabello enredado como un naufragio elegante. 
-Vaya… 
Murmuró. No sabía que la playa tenía un espejo. El fotógrafo la observaba, ahora sin ocultarse. 

-No es un espejo. Es una red. 
Dijo, parece que atrapó una sirena parlante que no se queda quieta, Olivia levantó la vista, con una chispa en los ojos. 

-¿Sirena, un pez? No me subestimes. Soy más de sonido que de escamas. 

Él dio un paso adelante, despacio, como si no quisiera espantarla. 
-Entonces eres marea. Subes y bajas sin avisar. 
 
-¿Y tú entonces qué eres? 
Preguntó, ladeando la cámara como si quisiera apuntarle con ella. 
 
-Yo… solo soy la orilla. Espero. 

Olivia sonrió con un filo travieso. 
-La orilla siempre se queda quieta… hasta que el agua la muerde. Él extendió la mano, no para quitarle la cámara, sino para acercarla suavemente. 

-Y cuando el agua muerde, deja marcas, en la arena. Igual que tus fotos.
 
 -¿Marcas o cicatrices? 
Preguntó Olivia, acercándose aún más, hasta que el aire mezcló los olores a desafío y sal.

-Eso lo decides tú. 
Respondió él, apenas rozando con los dedos el borde de la cámara que todavía estaba entre ambos.
-Pero cuidado… algunas fotos no se borran ni aunque las tires al mar. 
Olivia dejó que la cámara cayera colgando de la correa, sin devolvérsela del todo. 

-Entonces será cuestión de aprender a nadar. No vaya a ser que alguien se ahogue buscando la foto perfecta. 
Dijo con una mueca simpática, y medio riendo.

Él sonrió, ladeando apenas la cabeza. 
-No busco la foto perfecta. solo la que respira. 

-¿Y crees que yo respiro para ti? 
Susurró Olivia. 

-Creo que el mar respira para los que saben escucharlo.
Dijo él. El silencio entre ambos no era incómodo, pues se rellenaba con el sonido del chasquido de las olas, acompasaban las frases con esos instantes justo antes de que rompa la ola, respetando los sonidos cristalinos de la arena inundada, era como una ondulación que se dispersaba suavemente al ritmo de la rompiente.




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