Su señoría el muy honorable Diputado Albal era un hombre muy moderno, o eso decía cuando convenía, aunque, curiosamente, muchas de sus costumbres olían a establo medieval, eso si con perfume caro.
Entre ellas destacaba una especialmente… histórica:
Una especie de derecho de pernada administrativo, aplicado no sobre campesinas del feudo (que ya sería demasiado anacrónico incluso para él), sino sobre el erario público, que sufría toqueteos presupuestarios cada vez que su señoría el señor Albal organizaba uno de sus “encuentros culturales nocturnos”.
Oficialmente, figuraban como “gastos para fomentar la socialización institucional y el bienestar del representante público”, eso si en aras de la normalización de la convivencia entre los súbdit ... ciudadanos, digo, ciudadanos.
Extraoficialmente, todo el mundo sabía que significaba facturas de clubes nocturnos, acompañamientos profesionales premium, champagne y sustancias de todo tipo, capaces de disolver la deuda externa de un país pequeño.
En lugar de un despacho oficial, con sus escoltas, chóferes, cocineros, parecía que tuviera un castillo con murallas, almenas y una buena colección de arqueros apostados, cuyo objetivo era el aislamiento con la plebe.
Como durante los veinte años ocupando el cargo, en lo que el llamaba "un sacrificio fiel y desinteresado", expresión que utilizaba con la misma dignidad con la que los señores feudales hablaban de sus tributos por respirar, por el agua, por el viento, por el sol, por aparcar las carretas en el suelo. La gente del barrio decía que eso no era un escaño, era una herencia.
Cuando una pseudo-periodista valiente insinuó que aquello recordaba demasiado al derecho feudal de exigir favores íntimos por el simple hecho de ostentar poder, Albal respondió con su característica mezcla de indignación ofendida y dignidad de ópera:
- ¡Santo Dios, esto es un bulo, producto de un lodazal donde usted trabaja!
- ¡Por favor! ¡Yo jamás abusaría de mi cargo! ¡Además soy feminista porque soy socialista!
- Esto son… ejem actividades para el fortalecimiento emocional del servidor público. Muy recomendadas por psicólogos, sociólogos y… bueno, por sí mismo.
- ¿Cómo responde su señoría a quienes dicen que usted gobierna como un señor feudal?
Repreguntó la valiente, ajena a que esa misma tarde ya se estaba preparando una investigación fiscal de toda su vida y la de sus padres.
- Vamos a ver, señorita ... feudal, feudal ... Yo prefiero decir que mi autoridad es tradicionalmente moderna, además nadie esta obligado a votarme. Bueno casi nadie.
Después añadió, aclarándose la voz como si fuese una concesión democrática:
- Yo no cobro diezmos. Solo impuestos que es distinto, mas progresista.
- Además, yo no me aprovecho de nadie. Solo del presupuesto, que está para eso, para servir al pueblo… que a su vez me sirve a mí, en un bucle recursivo.
Su asesor principal, una especie de mayordomo táctico que parecía haber nacido con traje y subordinación incorporados, asentía como un vasallo certificando la sabiduría del señor:
- Mi señor… digo, señoría diputado, todo gasto es justificable si se le pone un nombre suficientemente largo.
En su oficina, situada en medio de su palacio fuertemente custodiado, Albal recibía a su círculo de confianza, mas un pequeño grupo de asesores (948), que se comportaban como vasallos con máster, coche oficial y cocinero. Uno de ellos le llevaba el scroll del móvil como un escriba interpretando pergaminos del siglo XIII. Otro le juraba lealtad cada vez que sonaba una encuesta electoral, realizada en alguno de sus territorios.
- Mi señoría, seguís por encima de la oposición. La plebe está contenta.
Albal asentía satisfecho y mientras lo celebraba con una comida en alguna marisquería, ordenaba subir impuestos, al fin y al cabo si tenían a su diputado contento, revertiría indirectamente en la felicidad del Reino
En privado, sus subalternos bromeaban:
- Albal no tiene un despacho, tiene un feudo fiscal.
- Sí, y cada trimestre ejerce su "ius primae noctis"… pero con Mastercard del Estado.
El barón moderno sonreía si alcanzaba a oír esos comentarios, "la envidia era señal de liderazgo", igual que en la Edad Media.
Cuando llegaban las auditorías del Trinunal de Cuentas, él adoptaba la postura clásica de noble ultrajado:
- ¡Que cuestionen mis honorarios! ¡Que cuestionen mis decisiones políticas! ¡Pero que cuestionen mis… gastos recreativos… eso es intolerable! ¡Solo he gastado 420.000 € en 2 años!
Es un ataque directo a mi dignidad institucional y añadía con gravedad casi religiosa:
- La Democracia está en peligro, el problema de la sociedad actual es que ya no se respeta la autoridad moral de los líderes. Antes un señor feudal podía hacer lo que quisiera y nadie lo juzgaba. ¡Eso sí era orden!
Los auditores, naturalmente, no sabían si estaban evaluando una cuenta pública o los registros de una taberna medieval altamente rentable, pero lo verdaderamente curioso, es decir, lo deliciosamente irónico, es que Albal no caía nunca. Jamás.
Cualquier escándalo resbalaba sobre él como el agua sobre un pato con fuero parlamentario.
En cada elección volvía a ganar, con su sonrisa de noble satisfecho y su promesa de “seguir luchando por los ciudadanos”. Los mismos ciudadanos que, al verlo pasar, murmuraban:
- Ahí va nuestro señor feudal posmoderno.
- Sí, pero al menos tiene buen gusto con el dinero que nos quita.
- Más que gusto… libido presupuestaria, diría yo.
- ¡Me gusta la fruta!
- Pero mejor que no votemos a otro, porque somos tan estúpidos que seguro que votariamos mal y nos gobernaria otra señoría aún peor, según dice él.
Al final, Albal era el reflejo perfecto de una verdad incómoda, que cambiamos el caballo o la carreta por un coche oficial, el castillo por un despacho, y la servidumbre por votantes…
Pero la esencia del poder seguía oliendo a pergamino, humo de antorcha y recibos que nadie quiere mirar. Así, entre presupuestos mal empleados, honorarios inflados y “actividades nocturnas” cargadas a la cuenta común, el Barón de la Autonómia del Norte seguía reinando.
Sino porque, a diferencia de sus antepasados medievales, él tenía algo aún más poderoso:
PD Todo parecido con la ficción es mera coincidencia.
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De repente comprendió que debía haberse esforzado más en sus clases de Lengua Castellana con su profesora Mari Carmen. O quizás no en las clases, en los benditos adverbios, no les veía utilidad, le parecían un adorno, era un territorio oscuro donde él se perdía como un turista sin el Google Maps.
- Te quiero aproximadamente.
Dijo, muy convencido de que aquello sonaba romántico. Ella parpadeó, dos veces exactamente.
- Aproximadamente… ¿cómo que aproximadamente?
Preguntó intrigada, inclinando la cabeza con una pizca de ternura y otra de alarma.
- Pues… eso, que quiero aproximarme a ti
Reformuló él, creyendo que estaba arreglando el desaguisado, como cuando el navegador del coche se queda en suspenso, con una banderita parpadeante: "Recalculando".
No, la realidad es que solo lo estaba deslizando hacia otro desastre, tanto como durara la conversación.
- Ya…
Ella respiró hondo, con paciencia
- Creo que te entiendo… más o menos.
Él sonrió, feliz por haber sido “más o menos” entendido. No era un diez, pero era un aprobado justo, y eso ya era victoria.
- El problema es que me gustas, algo.
Añadió.
- ¿El problema?¿Algo?
Ella sonrió de lado, empezando a pillarle el truco
- ¿Quieres decir que te gusto… bastante?
- Sí, sí, eso, exactamente bastante… casi.
- Ajá. ‘Casi bastante’. Vale. Continúa
Respondió ella, como quien acompaña a un niño que está aprendiendo a hablar. Él ya se vino arriba.
- Tú estás colgao por alguien… o sea, yo estoy colgao o alguien está colgao.
Ella se rió bajito. Ahí ya no traducía, solo disfrutaba del caos.
- ¿Esta es tu forma de seducir?
Preguntó, pero sin dureza. Más bien como quien estudia un fenómeno lingüístico raro.
- No te enfades tampoco
Suplicó él, usando “tampoco” como si fuera sal y la echara sobre todo.
- No me enfado. Solo… que me cansas un poquito demasiado
- Dijo ella divertida, ahora jugando al mismo juego, mezclando adverbios como quien estrena un juguete nuevo. La reacción de él fué inesperada, abrió los ojos como platos, fascinado.
- ¿Eso quiere decir que casi follamos?
Soltó él, con la ilusión de alguien que cree haber resuelto una ecuación complicada. Ella no se escandalizó. Al contrario, arrugó la nariz divertida.
- A ver… “casi” no. Digamos que “eventualmente podríamos haber”
Respondió, devolviéndole el error con gracia académica.
- Pues sí.
Dijo él, celebrando contento el tener cualquier respuesta afirmativa.
- Es una lástima, has estado a punto de conseguirlo. Siempre he querido acostarme con un imbécil.
Ella se puso las manos en la cintura, mientras contestaba.
- Cuando dices “imbécil” quieres decir… ¿“alguien un poco confuso verbalmente”?
Propuso, intentando auto-suavizarse el golpe.
- Sí, eso. Muy confuso.
- Muchísimo poco confuso
Aclaró él, orgulloso.
- Perfecto
Dijo ella, ya sumergida en ese dialecto imposible
- Mira, te salva que yo esté algo bastante salida y tú estés muy bueno aproximadamente.
La cara de él se iluminó.
- Entonces… tal vez follaremos cerca.
Ella parpadeó otra vez. Muy lento. Como quien reinicia el sistema.
- Cerca no. Pronto
Lo corrigió con paciencia infinita, acercándose un paso
- Pero solo si te callas… definitivamente.
Él asintió con la cabeza, rotundamente suave. Así quedó él, atrapado en su selva de adverbios mal utilizados, y ella, traduciendo, reinterpretando y convirtiendo cada torpeza en un puente, porque a veces el lenguaje falla… pero siempre hay alguien que te entiende, aunque tengas la gramática en huelga.
"Lo más importante es quitar el miedo de los pacientes.
La visión de los escotes distrae del dolor..."
Marie-Catherine Klarkowski
Entre las sillas verdes de la sala de espera, las revistas antiguas sobre una especie de mesilla, decoración que parecía elegida por alguien con alergia al buen gusto, las miradas huidizas se cruzaban como si todos compartieran el mismo pensamiento:
"Aquí vamos a morir, pero va a ser de forma ruidosa"
Los alaridos del último paciente, desaparecido en la consulta como si la hubiera tragado un Sarlacc, corroboraban este pensamiento, sugerían que allí dentro no curaban bocas, hacían experimentos con las cuerdas vocales. Los gritos se mezclaban con el zumbido de mini-aspiradores, chorrillos de agua y tornos que sonaban como si un duende enfadado estuviera afilando un sable láser.
Las rodillas de los pacientes temblaban tanto que hasta sonaban sus temblores, maravilloso verlos fingir dignidad mientras cada músculo de sus caras gritaba: "¡No quiero estar aquí, pero tampoco quiero admitirlo!".
---oooOooo---
Cerré los ojos en aquella postura de mártir voluntario, ahora venía el momento: “charla tranquilizadora”. Ese ritual absurdo en el que el dentista asegura que “no es para tanto”, justo antes de meter en tu boca algo que parece diseñado por Torquemada con delirios de ingeniero.
Lo que ya me extrañó y debería haberme hecho salir corriendo, fue la bata de la dentista, tan corta que daba la impresión de que había habido un accidente con la secadora. Tampoco había auxiliares a la vista, detalle que en retrospectiva me hizo pensar que quizá tampoco había licencia sanitaria a la vista.
Me llamó con una vocecita sensual vocalizando bien, de esas que se usan para engañar a los gatos para que entren en el transportín.
Noté que llegaba mi hora por el olor. Perfume intenso, de esos que te obligan a abrir los ojos… o a cerrarlos más fuerte, por si acaso y mientras yo seguía en modo “cadáver obediente”, sus manos bajaron sobre mis hombros con una suavidad sospechosa. La clase de suavidad que anuncia problemas.
Entreabrí un ojo. Ahí estaba ella: sonriendo, sin máscara, sin guantes, sin el más mínimo respeto por los protocolos sanitarios o por las normas básicas del sentido común.
-¡Venga, abre la boca! O la abres tú o te la abro yo, tu eliges.
Encantadora. Como una mezcla entre Freddy Krueger y un funcionario carcelario con mal despertar.
Intenté estirar aquel instante previo al horror y pensar en cosas bonitas, como anestesia sin dolor o escapatorias dignas. Pero entonces su perfume me rodeó, después sus labios, después… digamos que la higiene dental dejó de ser la prioridad del encuentro.
A partir de ahí todo adquirió una cualidad… poco profesional.
El mini chorro de agua a presión cambió de dirección, hacia sus pechos, generando unas evidentes transparencias en la tela, seguido de un:
-¡Ohhh, que mala puntería!
La bata decidió rendirse, los botones saltaron con dignidad, y antes de que yo pudiera procesarlo, ya había pasado a un capítulo completamente distinto del folleto informativo del seguro dental. Tenía la sensación de que, si sobrevivía, iba a necesitar terapia o un manual de mantenimiento.
No entraré en detalles, para dar pie a la imaginación del amable lector pero digamos que la escena derivó en actividades que no vienen explicadas en el tema estricto de una limpieza bucal.
Hubo gritos, quejidos, rugidos, pero las súplicas venían en sentido contrario para que no acabara todavía. No estoy orgulloso de nada, salvo quizá de mantenerme consciente.
---oooOooo---
-¡El siguienteeeee!
De repente empecé a oir un aplauso como "in crescendo", luego poco a poco dicho aplauso se convirtió en cachetes en la cara. Ahí estaba yo, tirado en la sala de espera, empitonado, rodeado de gente que me miraba como si acabara de protagonizar un documental sobre fobias extremas. Me había desmayado, aparentemente sin espectáculo adicional.
Extrañamente, me levanté como un resorte y entré sonriente en la consulta, ya con la boca abierta, preparado, casi ilusionado.
El fotógrafo se llamaba Ramiro, aunque en los foros de internet firmaba como “Rami Art Photography”. Su carrera artística era, siendo amables, una sucesión de fracasos entrañables:
Fotos de gatos movidos, puestas de sol quemadas de tanto saturar el color, y algún intento de retrato en bodas de pueblo que terminaba siempre con novias medio cortadas por la frente o por los pies. Su última “exposición” había sido en el bar de su primo, junto a la máquina tragaperras, con carteles hechos en la impresora de la biblioteca.
Ramiro, que no era tonto del todo, estaba convencido de que la próxima serie sería la definitiva, su obsesión era conseguir algo que pareciera arriesgado, transgresor… aunque no tuviera ni idea de cómo hacerlo.
Llevaba meses obsesionado con una idea: quizás necesitaba una musa. No una novia, no una amiga, sino alguien con un rostro fotogénico al que convencer de que él era un visionario incomprendido. Tenía claro que una buena foto no dependía del encuadre ni de la luz, cosas que nunca había dominado y era consciente de ello, necesitaba tener delante a alguien lo bastante atractivo como para maquillar sus carencias.
Y ahí entró Lupe.
Lupe era una mujer que soñaba con escapar del anonimato gris de su trabajo en una inmobiliaria de segunda fila. Pasaba las tardes frente al espejo ensayando poses de revista y se había convencido de que tenía un “aire internacional”. Solo necesitaba alguien que le diera el empujón definitivo, dentro había una mujer convencida de que llevaba dentro a una estrella todavía no descubierta. No tenía agencia, ni representante, ni portfolio profesional, pero en su mente aquello estaba claro: “Solo necesito una foto buena", una sola y ya me llamarán de revistas, marcas, Reality Shows y por qué no, protagonista de alguna serie en el mismo Netflix.”
Por fin se juntó el hambre con las ganas de comer.
Ramiro vio en ella la oportunidad perfecta. Y Lupe, ingenua y ansiosa de brillar, se dejó envolver por sus palabras.
—Mira, Lupe, el mundo de la fotografía está saturado. Las modelos de catálogo están todas iguales: bikinis, playas, sonrisas falsas… Eso está muerto. Lo que vende ahora es lo auténtico, lo visceral, lo que huele a sufrimiento y a verdad
Decía él, con tono de gurú.
—¿Y qué propones?
Preguntó ella, entre interesada y desconfiada.
—Nieve. Frío. Desnudez. Una mujer contra los elementos. Tú. Eso sí que es una imagen de portada.
Lupe dudó pero Ramiro siguió hilando su tela de araña con artimañas baratas:
—¿Sabes cuántas artistas empezaron así? Las grandes fotos de la historia son siempre de alguien que se atrevió a más. Además, yo tengo contactos…
Mentía, claro. Sus “contactos” eran tres seguidores de Instagram, cinco en Facebook, dos de ellos de sus familiares y algún like en una web de fotos.
Le prometió que aquello podría acabar en una revista de tendencias, quizá incluso en un concurso internacional.
—Imagínatelo, Lupe: tu foto expuesta en París. Tu rostro congelado pero inmortal. Y todos sabrán tu nombre.
Con el discurso aprendido de charlas de YouTube y frases copiadas de entrevistas a fotógrafos famosos, empezó a engatusarla, aunque no hay nada mas facil que halagar al que tiene carencias de afectos.
—Lupe, lo tuyo no es la belleza típica… lo tuyo es magnetismo. Tú no eres de catálogo, eres de portada. Si alguien puede dar el salto eres tú, pero necesitas una mirada distinta. Y esa mirada… es la mía.
Ella, profundamente adulada, preguntó con un brillo ingenuo:
—¿Y qué haríamos?
Ramiro, teatral, desplegó su plan como si fuera una revelación artística:
—Imagina esto, nieve, vacío, naturaleza hostil. Tú en el centro, frágil pero poderosa. La belleza contra el frío. La carne humana contra lo eterno.
Lupe tragó saliva. Se le erizaba la piel solo de pensarlo.
—¿Y no… no es demasiado arriesgado?
Ramiro inclinó la cabeza, bajando la voz con tono de conspiración:
—Lupe… ¿quieres ser recordada o quieres ser una más?
Con esa pregunta, la atrapó. Ella ya no veía nieve ni hipotermia, solo flashes, entrevistas, una agencia llamándola, un contrato, la portada de Vogue. Y aunque por dentro temía pasar horas congelada, se convenció de que aquel sacrificio sería la prueba de fuego para entrar en el mundo del estrellato.
Le prometió que aquello podría acabar en una revista de tendencias, quizá incluso en un concurso internacional.
—Imagínatelo, Lupe: tu foto expuesta en París. Tu rostro congelado pero inmortal. Y todos sabrán tu nombre.
Ella, fascinada por el relato y cegada por la posibilidad de salir del anonimato, aceptó. Eso sí, con condiciones.
—Pero no pienso posar sin calzado, Ramiro. No quiero que mis dedos acaben amputados por tu arte.
Ramiro, en el fondo, lo sabía: no tenía ni idea de cómo conseguir que una foto así llegara más lejos que su cuenta de Facebook. Pero lo importante era que ya tenía lo que buscaba: una modelo atractiva a la que engatusar.
Así fue como terminaron en medio del campo nevado: él cargando una cámara prestada de segunda mano y un termo con cacao, y ella convencida de estar protagonizando el comienzo de su leyenda.
El inicio fue artístico, muy conceptual, “la fuerza del cuerpo humano contra la naturaleza”. Pero la realidad tenía que hacer sus matices.
Primero, la modelo apareció envuelta en un abrigo gigante de plumas, gorro de lana, bufanda y unos guantes de esquí que parecían manoplas de oso. El fotógrafo, excitadísimo con la sesión, le dijo:
—Vale, ahora… ¡quítatelo todo!
Y ella:
—¿Aquí? ¿En serio? ¡Si no siento las piernas!
Al final, entre risas y protestas, la modelo se quitó el abrigo y quedó como en la foto: con apenas una gasa y unas botas que no eran para nieve. El fotógrafo, muy profesional, intentaba dar indicaciones como si no pasara nada:
—¡Perfecto! ¡Más sensual! ¡Mira al horizonte!
Mientras tanto, la pobre modelo pensaba: “¿Horizonte? ¡Si solo veo un iceberg en mi nariz!”
Pero sucedieron algunas cosas ...
Un señor del pueblo que paseaba a su perro se detuvo y, sin decir palabra, miró la escena como quien ve a alguien freír churros en mitad de la carretera, en cambio el chucho se quedó fascinado con la bufanda tirada en la nieve y se la llevó dando cabriolas.
El vecino, con su perro y su imaginación calenturienta, al ver a la modelo semidesnuda entre los copos blancos y al fotógrafo hundido en la nieve, sacando fotos, pensó:
“Esto no es nieve normal… ¡esto debe ser heroína! Han montado un laboratorio clandestino en mi camino rural.”
Ni corto ni perezoso, llamó a la Guardia Civil para denunciar “un alijo sospechoso con rituales raros”. La mezcla de palabras fue suficiente para que la central se activara como si estuvieran cayendo narcos en helicóptero.
El fotógrafo había resbalado hacia atrás mientras buscaba el “ángulo perfecto” y cayó de culo en la nieve, ahí se quedó por orgullo, no soltó la cámara. Eso sí, gritó:
—¡La tengo! ¡La tengo!”
Parecía una foca varada pero por fin tuvo su primera ansiada foto de la sesión.
| Instantanea desde el suelo |
Cronologicamente los hechos siguieron así:
Primero llegó una patrulla, pero al escuchar “droga” pidieron refuerzos. En menos de veinte minutos había un despliegue absurdo: tres coches, un furgón y hasta un perro antidroga que, en cuanto olió la escena, se fue directo a oler las botas mojadas de la modelo, convencido de haber encontrado “el cargamento”.
El fotógrafo aún con el culo hundido en la nieve, pálido, levantó las manos mientras uno de los agentes gritaba:
—¡Quietos ahí! ¿Qué transportan? ¿Dónde está la mercancía?
La modelo, con el abrigo mal puesto, respondió con sarcasmo helado:
—La mercancía soy yo, señor agente, pero se va a derretir en cinco minutos.
Los guardias empezaron a patear la nieve y clavar bastones, convencidos de que encontrarían bolsas ocultas. Mientras tanto, el fotógrafo intentaba explicarse:
—¡Esto es arte, juro que es solo arte! ¡Blanco sobre blanco, la fragilidad del cuerpo frente a lo efímero!
Uno de los agentes lo miró serio y dijo:
—¿Arte? Mire, si yo tuviera que inventar una coartada, usaría la misma palabra.
El clímax llegó cuando abrieron la mochila del fotógrafo y encontraron varias bolsitas con polvos… ¡de cacao instantáneo! Para preparar bebidas calientes durante las pausas.
El silencio fue monumental. Lupe ya desatada se carcajeó y dijo:
—Menos mal, porque si fuera heroína de verdad, yo ya me la habría esnifado para entrar en calor.
Al final, después de un buen rato de papeleo absurdo, los agentes se marcharon, medio avergonzados pero con la excusa de que “tenían que asegurarse”. El fotógrafo, aún temblando, murmuró:
—Esto va a quedar mejor que cualquier exposición.
Y la modelo, mirando la nieve pisoteada, contestó:
—Sí, pero mejor ponle un título realista: ‘Tráfico de nieve en un paisaje nevado’.
Pero gracias a esta escena caótica, sobre todo a la grabación del vecino del perro y Youtube el vídeo se hizo viral, eso si nadie sabe quien era esa Lupe tapada con una gasa ni el fotógrafo aleteando las piernas ridiculadamente y haciendo fotos atrapado en la nieve blanda, quizás no era el tipo de fama deseada.
Con toda naturalidad, tomó una de las patatas crujientes que sobresalían del colorido envase de cartón, abierto como una invitación. La miré de reojo, sopesando mi reacción, era una de esas tardes en que el cielo parece haberse puesto nostálgico, con nubes grises que lloran despacio, como si se arrepintieran de algo.
Ella notó mi mirada fija e inquisidora, como quien ha cometido una pequeña travesura y espera el castigo con una sonrisa ya preparada. En efecto, me la regaló, una de esas sonrisas que derriten el hielo, que hacen que uno olvide por qué estaba enfadado en primer lugar.
— ¿Demasiado invasiva tal vez?
Preguntó, llevándose la patata a los labios con una lentitud milimétrica
— Es que las tuyas... están más calientes.
Había algo en su voz, una vibración baja y dulce, como cuando el teléfono suena en medio de la noche y sabes que no es una llamada cualquiera, alargó otra vez sus dedos, largos, teatrales y tomó otra de mis patatas. Las suyas seguían intactas en su bandeja.
— Tienen más sal... ¿lo notas?
Dijo, mientras me miraba fijamente, como si mordisquear una patata fuera un acto deliberadamente sensual.
— Además, me gusta lo que es tuyo, siempre sabe distinto.
Empecé a articular mentalmente un discurso, versaría sobre la higiene, las bacterias, la propiedad privada y los principios. En vez de hablar, le ofrecí otra, quería recuperar la iniciativa aunque fuera en contra de mi dignidad, ahora yo atacaría y ella se defendería, así al menos figuraba en mi cabeza, una realidad distorsionada.
— De acuerdo, pero será una patatita por sonrisa.
Le dije, en plan condescendiente.
— ¿Y si te doy dos sonrisas? ¿Qué me das tú?
En nuestro alrededor, la rutina seguía con su coreografía absurda, ajenos a todo, niños chillando, refrescos derramados, adultos distraídos buscando enchufes o servilletas. Nosotros, en cambio, parecíamos en otro plano, jugando un ajedrez de gestos, insinuaciones y papas fritas.
Ella tomó un sobre de mayonesa con delicadeza ceremonial, lo abrió rasgándolo con la boca, luego con un tirón breve, casi sensual, lo apretó con precisión, brotando una cantidad generosa sobre una patata. Luego la alzó en dirección a mi boca.
— Ábrela
Ordenó con un susurro.
— Confía en mí, no está tan caliente.
Lo hice, ahí me di cuenta que había cruzado una línea invisible, sonrió satisfecha, como quien coloca la última pieza del dominó.
Luego, con gesto juguetón, como sin querer, dejó que un hilo de mayonesa escapara de sus dedos y cayera, lenta, espesa, certera... directo a la entrepierna de mi pantalón. La mancha era blanca, tibia, difícil de explicar. Ella se tapó la boca fingiendo sorpresa, pero sus ojos brillaban con malicia.
— Huy, perdón...
Dijo.
— Te he manchado justo donde no debería, Aunque... bien pensado tampoco es tan grave, ¿no? A veces las cosas acaban donde quieren, no donde deben.
Me quedé paralizado, sin saber si reírme, correr al baño o pedir socorro. Entonces se inclinó y me susurró al oído:
— Te llevo la hamburguesa a la mesa.
Me guiñó un ojo antes de alejarse, dejando un rastro de perfume y descontrol tras de sí.
Y fue entonces cuando alguien gritó.
Una madre había visto la escena desde la distancia, justo el momento más desafortunado. Los guardias de seguridad no tardaron en acercarse. Preguntas, miradas, la maldita mancha blanca justo en medio del pantalón.
— No es lo que parece.
Intenté decir.
— Es... es, solo es mayonesa.
Pero cuando uno tiene la bragueta a medio cerrar y una mancha estratégica en un restaurante lleno de familias con niños gritones, la palabra "mayonesa" no tiene ningún poder absolutorio.
Lo demás es historia. En la comisaría nadie creyó demasiado mi versión, y aunque al final me soltaron, trás los respectivos análisis de alcohol, drogas en mi persona y sustancias extrañas sobre el pantalón, aún recuerdo la última frase del agente mientras cerraba el informe.
—La próxima vez... mejor kétchup, al menos no da lugar a confusión.
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Quiero compartir aquí que tengo un vicio extraño, no es ilegal, ni especialmente peligroso (aunque todo depende de a quién sigas, claro). Cuando el aburrimiento me asalta, que es más a menudo de lo que sería socialmente aceptable admitir, me meto en el metro o en un autobús cualquiera, hago de detective amateur y juego a adivinar vidas ajenas.
Me siento delante de alguien, observo disimuladamente, su aspecto personal, su forma de ir vestido de comprortarse.
Ese lleva una carpeta azul… funcionario.
Aquella con gafas de pasta… ilustradora frustrada.
El del gran bigote… atracador de bancos o estafador.
Luego entro en su aspecto personal y el gusto vistiendo, cuerpo de gimnasio, maquillada, recién afeitado, esta tiene movimientos gráciles de bailarina, este es fan de futbol, con pinta de no levantarse del sillón, forma de ir vestido que también me da pistas acerca de la edad y su estado civil, soltero, casado, recién divorciado, etc.
Pueden usarse las palabras entresacadas de las llamadas del movil, las veces que consultan el relój durante el trayecto, su forma compulsiva o tranquila de permanecer en el trayecto.
Me divierte, cuando la historia es buena, la prolongo un poco más, total mucho mejor que Netflix, ya que me meto directamente en la serie, por lo tanto me bajo en su parada y sigo sus pasos discretamente, para confirmar mis pesquisas e ir añadiendo datos que corroboren mis conjeturas, siendo consciente que nunca podré llegar al final de la historia.
Entonces apareció ella.
Primavera en Barcelona, ese momento en que no sabes si salir en manga corta o con bufanda porque en cualquier caso vas a acertar y a equivocarte al mismo tiempo, domingo por la mañana, iba en la línea roja de metro, dirección 'Bellvitge'. Subió en la parada 'Plaza Catalunya', pelo castaño alborotado de forma natural (que es la forma más artificial que existe), libro bajo el brazo, “Ensayo sobre la ceguera”, de Saramago, ahí ya me ganó y auriculares amarillos.
Mi mente de detective de medio pelo se activó, periodista cultural con novio músico, pensé y la seguí discretamente.
Bajó en la parada 'Plaza España', repliqué su decisión, abandonó la plaza y subió por las amplias escalinatas que nos llevan al Palacio de Montjuic, era un día luminoso, apetecía pasear, subió los múltiples escalones a buen ritmo, estaba en forma, con paso firme por fin se paró en el Mirador de las Escaleras, desde el cuál se ve toda la ciudad apoyába los antebrazos en la balaustrada de piedra y miraba a un punto indeterminado del horizonte, pasaron cerca de diez minutos, obviamente no tenía prisa, luego prosiguió las escalinatas hasta el Estadio Olimpico, se metió a través de uno de las múltiples zonas ajardinadas y empezó a pistear entre los árboles frondosos del parque y los setos perfectamente cuidados, en zig zag, hasta salir por los muros de la parte trasera del 'Pueblo Español', que rodeó hasta la entrada, pagó y entró, paseó esta vez sin prisas por medio de las callejas llenas de talleres y pequeños museos, interesándose por las exposiciones, haciendo fotos y siguiendo con los dedos las curvas de las piezas expuestas, en aquel momento pensé en lo dificil que es seguir discretamente a alguien sin estar burdamente expuesto, admiré la labor de los detectives profesionales mientras intentaba no coincidir con ella en un recorrido circular en el que todas las pequeñas calles confluyen, después de unas cuantas vueltas salió del recinto, recorrió otras estrechas callejas entre los parques y se plantó delante de una estrecha cancela de hierro forjado y muro de piedra tapado por enredaderas, la franqueó y después de una interminable pasarela de pizarra negra entre la hierba, apareció trás una arcada una puerta acristalada con marcos pintados de verde, un bar pequeño, de esos tan difíciles de encontrar con mesas de mármol, camareros con camisa blanca y corbata fina.
Escrito con tiza en una pizarra en la entrada:
“Especialidad, Vermut Paraíso”.
Desapareció dentro para salir luego a la terracita al sol con una copa, ocupó una de las seís mesas, al cabo de un rato, sacó un cuaderno del bolso y empezó a escribir.
Se me acumulaban los problemas, en la terraza no había mas clientes que ella y yo, de modo que discretamente, me senté a dos mesas de distancia, en plan agente secreto de saldo pero claro, torpe como soy, sonó mi móvil (¡maldito politono!), me miró de reojo, sonrió, y volvió a lo suyo. A los cinco minutos, dejó su cuaderno, se levantó, se acercó a mi mesa y dijo:
—¿Quieres dejar de seguirme ya o prefieres que pidamos otro vermut y hagamos esto menos incómodo?
Yo quise que me tragara la tierra, pero resulta que Barcelona está fatalmente mal urbanizada para esos casos, así que sonreí como si fuera mi plan desde el principio.
—Bueno… visto así, tampoco me vendría mal un vermut.
Se sentó, pidió otro para mí, y empezó a interrogarme como si fuera ella quien jugara a descifrar vidas ajenas.
—A ver veamos… ¿periodista frustrado? ¿Escritor sin editorial? ¿O te dedicas a entrenar palomas para competiciones ilegales?
Le confesé mi afición absurda y nos reímos bastante, se llamaba Clara, era matemática, de esas que desmontan tu existencia con un par de fórmulas y una sonrisa torcida, amante del vermut y de espiar a los que espían.
Pasamos la tarde allí, al sol, entre tragos, anécdotas absurdas y teorías conspiranoicas sobre por qué el camarero llevaba bigote solo en un lado.
Y fue entonces, ya con la segunda ronda, cuando no pude evitar preguntarle qué escribía en aquel cuaderno.
—Una novela.
Me dijo, sonriendo arqueando una ceja en plan misterioso.
—Sobre un tipo que tiene la extraña costumbre de subirse al metro, seguir a desconocidos, inventarse su vida… y que acaba persiguiendo a una pobre chica que, por cierto, ya sabe que es perseguida, pero como es un poco retorcida, se inventa sus propios motivos para justificar que la sigan.
Ahí me quedé callado, vermut en mano, viendo cómo se reía y rascaba con el bolígrafo sobre el papel.
Y por un momento, muy breve, pensé que tal vez, solo tal vez, ella también estaba siguiendo a alguien o escribiendo sobre mí o escribiendo sobre alguien que escribía sobre alguien que seguía a alguien.
| Bar Paraíso |
Vermut Paraíso. Recursivo, como la vida misma.
Para ceñirnos a la estricta verdad, todo se inició por culpa de la película "50 Sombras de Grey", sus posteriores y reiterados positivos comentarios a lo largo de los días siguientes.
No es que ella se opusiera, claro, si algo había aprendido en la vida, era que la resistencia, bien empleada, solo aumentaba el placer.
De modo que allí estaba, con las muñecas sujetas por una técnica que él aseguraba poseer, pero que en realidad había perfeccionado después de horas visionando tutoriales en YouTube, nudos marineros para sujetar todo tipo de cosas, menos para atarse a si mismos.
Muy aplicado, su amante su frase preferida era que el conocimiento era poder, aunque en este caso, parecía más bien un poder inverso … mas bien restrictivo.
El flash de la cámara la cegaba momentáneamente, y en esos instantes de luz blanca y súbita, no podía evitar preguntarse si esto acabaría mal o en una exposición retrospectiva titulada "Ataduras consentidas", una exploración fotográfica del amor y los cabos blancos de poliéster o marrones de cáñamo. O peor, en la memoria de su amante como:
“Aquella vez que intentamos ser sensuales y terminamos riéndonos porque los nudos se deshicieron solos” pero contenta pues se sentía protagonista de su propia película.
—¿Todo bien? —preguntó él, con ese tono de amante delicado pero claramente más interesado en la composición estética que en la circulación sanguínea de las extremidades de su pareja.
—Maravilloso —respondió ella, con la dignidad de una mujer que, incluso atada, aún tenía el poder de lanzar una mirada de juicio.
Un nuevo clic. Otro destello. Y ella, en su papel de musa involuntaria, pensó que si todo fallaba, al menos tendría pruebas fotográficas para su futura autobiografía.
He estado días con esta punzada, este aroma tan especial, este zumbido dulce y rancio que se cuela entre las aceras calientes y la tierra removida del jardín, Rico, mi enemigo y mi obsesión, mi espectáculo aéreo diario. Ese loro arrogante que una vez fue color y plumas y ruido... ahora es silencio enterrado.
He cavado, con las patas húmedas y los bigotes vibrando de angustia, hasta ahora no sabía que era tristeza, no sabía que lo podía doler. He arañado la tierra hasta romperme mis afiladas garras. Y ahí estabas.
Deshecho, con tus plumas de colores vivos sueltas pero tu cuerpo gris y ocre pero eras tú, Rico.
No eras solo un loro, eras mi loro, no mío de posesión, no. Mío de duelo, como solo el deseo puede hacer suyo a alguien, no te quería muerto, te quería mío, te quería asustado pero vivo, volando, mostrándome con altanería que no podía alcanzarte.
En una de las casas del barrio vivía una jaula, dentro, una criatura grande tan absurda, tan colorida, que parecía haber nacido del vómito de un arco iris, Rico, lo supe desde la primera vez que lo vi, colgado entre barrotes y migas de pan, que él no era de aquí. Tenía una tristeza en las plumas que no combinaba con su belleza, alma salvaje atrapada en un escenario barato, lo miraba desde mi muro.
Él volaba y yo saltaba. hablaba con voz chillona y yo pensaba en el Amazonas aunque no sabía que era eso del "Amazonas" pero lo soñaba, porque él venía de allí, así lo comentaban sus propietarios, Rosa y Federico, humanos que siempre intentaban ahuyentarme, cuando me acercaba con inocente curiosidad. Blandían los brazos en alto, gritando:
—¡Aléjate de Rico maldito gato!
El viento me traía su olor dulzón, lo recordaba sin haberlo vivido, confieso que lo deseaba.
Un día lo toqué, mis garras sintieron el temblor de sus alas y todo fue tan fácil y tan decepcionante al mismo tiempo, no gritó como debía, no luchó como esperaba, su piel era muy suave y temblorosa, tanto que noté su hueso, era miedo, lo solté. Rosa gritó espantada, Federico resopló y lanzó un gruñido y yo me fui al muro, como cada tarde. Pero ya nada era igual, ya lo había probado.
Él, desde entonces, me miraba distinto. Ya no me odiaba. Me comprendía.
Desde su jaula, desde su patio, desde su decrepitud.
Rico envejecía. Lo notaba en su vuelo cada vez mas torpe, en sus chillidos apagados. Sus colores se iban volviendo pasteles, como si los recuerdos se le hubieran desteñido. Y yo... yo me quedaba allí, quieto, mirándolo. Viéndolo marchar. Día a día, pluma a pluma.
Hasta que un día no voló, hasta que un día no chilló, hasta que un día, no estuvo.
Entonces olí la tierra y cavé por una vez aunque no soy roedor.
Y te desenterré, Rico, porque eras mi enemigo, sí. Pero también eras el único que me miró como un igual, el único que entendió que no era hambre. Que no era caza. Que era... reconocimiento.
Ahora estás aquí, sin brillo, sin forma, ya no vuelas.
Y yo... yo me quedo aquí, sobre la tierra que cavé para encontrarte, observando el cielo vacío, el muro sin sentido, la jaula abandonada, por primera vez, en mi vida de gato, he comprendido lo que significa la pérdida.
No era libertad lo que tenías, ni lo que yo tengo, era la mirada, la tuya, la mía.
Lo que compartimos en ese instante suspendido entre vuelo y salto, entre garra y ala y ahora... sólo queda este olor desgardable que ya no es tuyo, pero que me perseguirá hasta el último muro de mi existencia.
Estaba terminando de cubrirlo, tierra húmeda, ese olor a hueso y tiempo, a despedida, no sabía si estaba enterrando a Rico de nuevo o a mí mismo, pero ahí estaba, con las patas sucias, el lomo agachado, los bigotes tristes, el corazón rugiendo despacio.
Y entonces oí el portón, el crujido del metal oxidado, Andrés mi dueño humano. Su voz:
—¡¿PERO QUÉ HAS HECHO, MALDITO GATO?!
Me erguí, no por culpa, no por sorpresa, como se yergue uno ante la tormenta ya sabía que no podría convencerle de que soy inocente, entre otra cosa porque no entiende mis maullidose.
—¡¿Lo mataste tú?! ¡¿Fuiste tú, asesino miserable?! ¡Con razón escarbabas la tierra como un psicópata con bigotes!
Lo miré asombrado poniendo una postura de sumisión enroscado sobre mi mismo.
Me di cuenta de que era alto, demasiado alto. Su cara se movía como el viento entre los árboles, con los ojos abiertos de par en par y los labios temblando como si las palabras fueran espinas, levantó un zapato.
No me moví.
Abrí los ojos, grandes, lentos. Le mostré las pupilas dilatadas del duelo, no del miedo. Le mostré que no huía, que no lo temía, que lo sentía mas que él mismo, aunque no supiera cómo decírselo.
—¡Tú eras el que siempre lo acechaba! ¡Siempre en el muro! ¡Siempre mirando! ¡Ya lo sabía!
Mi espalda se arqueó, no en amenaza, en plegaria gatil, luego me estiré largo, dolorido, como una línea que se quiebra en dos, el lomo temblaba, era una disculpa en lenguaje no verbal, gestos, poemas en músculos
Quise decirle:
—“No lo maté. Solo lo lloré.”
Quise maullar una elegía, pero no me salió, afortunadamente pués hubiera aún mas complicado las cosas, solo salió un gemido bajo lastimero, un hilo de aire partido.
Andrés lloraba. La rabia se le deshacía en los dedos como barro, me señaló, ya sin firmeza.
—¿Por qué, Terco? ¿Por qué a él?
Y entonces me senté de frente, con la cabeza baja pero sin bajar la dignidad.
Los asesinos no lloran sobre sus víctimas no les entierran con las patas, no les lamen las alas rotas con respeto.
Yo sí, quise decirle que Rico ya estaba cansado, que se me había ido volando sin alas que yo solo quería verle una vez más.
Pero todo lo que pude hacer fue cerrar los ojos muy lento y dejar que Andrés viera, en ese silencio y en esta sumisión lo que las palabras no pueden nombrar.
El mismo Andrés que antes me acariciaba con ternura… el que dejaba caer la mano por el borde del sofá como si no supiera que yo estaba abajo y al rozarme el lomo, decía:
—“Ah, ¡ahí estás!”.
Como si no llevara todo el día esperándolo, ese Andrés ya no estaba.
Ahora tenía las manos cerradas, duras, como si en vez de dedos tuviera piedras, me miraba como si yo fuera un monstruo y no el mismo que dormía sobre su pecho las tardes de lluvia.
No sé si volverá ese momento, el momento en que éramos dos animales distintos pero parecidos, él lleno de palabras y yo lleno de presencias.
El momento en que me hablaba con voz bajita, como si me confiara secretos, cuando me llamaba “Terquito” y me decía que ojalá pudiera entenderle y yo lo entendía todo sin entender nada.
Ahora hay un muro, no de ladrillos, no de gritos, de dolor y yo… yo no sé trepar ese muro.
Porque no fui yo, Andrés, te juro por mis siete vidas que no fui yo, si pudiera volver atrás, si pudiera devolvértelo, si pudiera meterme en tus ojos para que vieras lo que vi…
Verías mi espanto, verías mis patas torpes sin pulgares intentar abrazarlo, verías mi culpa sin culpa, verías amor, aunque solo veas garras.
Ahora solo puedo esperar, quizás un día, cuando se te pase el temblor de la mandíbula, cuando te sientes en el sofá y dejes caer otra vez la mano… Quizás me acerque y quizás no la retires y si lo haces… Me quedaré quieto, con los ojos abiertos, recordando lo que fuimos, esperando lo que tal vez aún podamos volver a ser.
PD Para saber la versión de Andrés (el responsable de las futuras terapias de sus vecinos conviene leer su propia versión):
Etiquetas: malentendido , relato , Rico , terco
Hasta para su limitada inteligencia era evidente que no podría encontrar nunca a la princesa de la que ya estaba enamorado, aún sin conocerla pero sin un plano de los aposentos del castillo, sin vestigios del terrible cautiverio, iba a ser difícil pero por una vez en la vida la fortuna quiso premiarle. Retumbaban en medio del frío pasadizo el eco de las pisadas que se ahogaban entre las gruesas paredes de piedra, unos débiles gemidos emitidos por una oprimida garganta femenina sin duda, los utilizó como guía hasta toparse con una maciza puerta de madera, los quejidos ahora eran muy claros y se oían entremezclados con el rechinar angustioso de un lecho de madera carcomida.
... -Y ahora mi mujer piensa que ha sido una señal del más allá, concluyó el vecino, cruzando los brazos, como si aquello lo dejara aún más confundido.
Andrés se quedó mudo, el corazón le golpeaba en las sienes, su mente se aceleró como un tren fuera de control:
¿Qué? ¿Rico ya estaba muerto? ¿Enterrado en el jardín? ¿Entonces…? ¿Terco lo desenterró? ¿Ese desgraciado de ojos verdes escarbó entre los lirios, sacó el cadáver y me lo ofreció como una ofrenda fúnebre, como prueba de su amor?
Mientras tanto su vecino seguía balbuceando sobre teorías espirituales y conspiranoicas.
—Que si un alma en pena, que si Rico quería despedirse, que si el universo se equivocó de jaula, que si una reencarnación espontánea.
En cambio Andrés, que disponía de la verdad solo podía pensar en una cosa, su gato era un profanador de tumbas y el un cobarde que no se atrevía a asumir sus culpas.
En la otra casa, la del loro, los vecinos también habían contado su versión, no a todo el mundo, claro. No eran chismosos, ni mucho menos pero aquel suceso, lo del loro que volvió de la muerte, merecía una excepción.
Los vecinos eran Rosa y Federico, matrimonio de toda la vida, jubilados con la paz del que ya ha pagado su hipoteca, llevaban viviendo allí más de veinte años, desde hacía catorce, compartían sus días con Rico, el loro más espectacular que jamás hubiese pisado un jardín europeo.
—Ese pájaro hablaba mejor que mi cuñado, y con más criterio —
Decía Federico en la panadería.
Lo sacaban todos los días a tomar el sol, le ponían música clásica, lo peinaban con un cepillito de cerdas suaves, le daban alpiste premium comprado por internet, y le hablaban como si fuera un nieto, había quien decía que Rosa dormía con Rico cerca de la cama en su jaula móvil, como si el pájaro tuviera terrores nocturnos.
Cuando Rico murió, Rosa lo sintió más que cuando murió su suegra (según Federico, bastante más). Fue una mañana cualquiera, salieron al jardín con el café, como siempre y lo encontraron con la cabeza gacha, las alas caídas y un silencio que helaba el alma, lo envolvieron en una toalla bordada, lloraron, rezaron, y lo enterraron bajo el naranjo, con una piedra con su nombre y un pequeño ramo de lavanda.
—No puedo estar aquí, Fede.
Dijo Rosa, con ojeras de duelo.
—Me lo imagino volando en cada sombra, vamos a cogernos esos días que teníamos planeados e intentar olvidar esta agonía.
Y así lo hicieron, dejaron la casa a cargo de Joaquín, un amigo jubilado también, muy discreto, que prometió cuidar de las plantas y ventilar las habitaciones, nadie mencionó a Rico, quizá porque les dolía demasiado, quizá porque les parecía ridículo confesar que habían enterrado a un loro con más honores que a un obispo.
Cuando regresaron del viaje, Rosa, con el corazón aún blando, fue al porche a comprobar que todo estaba igual... Pero allí lo encontró, Rico, sentado en su jaula, limpio, pálido, frío, como si el más allá tuviese protocolo de entrega en mano.
El grito se oyó en tres manzanas. Rosa pensó que se había vuelto loca, Federico pensó que habían abierto la tumba del loro y lo habían vuelto a meter en la jaula.
—Esto no es normal.
Dijo Rosa, echando agua bendita en aerosol
—Esto es cosa de brujería.
Llamaron a Joaquín, que juró por su cadera operada que no había tocado nada, no tenían cámaras de vigilancia, Rosa se abrazaba al loro muerto como si esperase una explicación, Federico llamó a su primo el del pueblo, que sabía algo de santería, nada de nada.
Entonces empezaron las teorías:
1) La más lógica, decían, era que un zorro lo hubiese desenterrado (aunque no suelen lavar ni colocar a sus presas en jaulas).
2) La más fantasiosa era que Rico había vuelto por voluntad propia.
3) La más secreta, que Federico no se atrevía a decir ni en voz baja, era que el vecino raro, Andrés, el de al lado, el que hablaba con un gato negro como si fuera su terapeuta, tenía algo que ver.
—Ese gato tiene cara de asesino.
Le dijo una mañana Joaquín a Federico.
—Y el vecino de cómplice, vi como le hablaba como si le contase secretos.
A partir de ahí, la historia se convirtió en leyenda de patio trasero, nadie decía nada, pero todos sabían que el gato tenía hambre de plumas y que de algún modo, el loro había sido devuelto como un paquete mal entregado.
Rosa, cada vez que cruzaba al jardín, lo hacía con una cruz en el cuello y otra en la mano, Federico miraba con desconfianza al muro bajo que los separaba del vecino solitario y Joaquín... Joaquín simplemente no volvió.
Así, mientras Andrés ensayaba discursos para una confesión que ya no necesitaban y Terco dormía como un emperador satisfecho, los vecinos vivían con el corazón encogido, la jaula vacía... y un escalofrío inexplicable cada vez que veían unos ojos verdes acechando desde la ventana.
PD Para saber la versión de Andrés (el responsable de las futuras terapias de sus vecinos conviene leer su propia versión):

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