Siempre se lleva los mejores momentos, las caricias más reconfortantes, los ojos abiertos llenos de admiración, las caricias tímidas como con miedo a sus reacciones, luego ya solo existe ella, que si la meto aquí, que si la paseo entre mis pechos, que si en mi boca y a mi que me parta un rayo.
Todo se estropeó cuando le instalaron la maldita cámara de mapas de calor, cada noche a las doce, una rutina deliciosa, bajaba la sábana que cubría sus piernas, descubría lentamente aquellos muslos redondos, acariciaba sus curvas, observaba sus pequeños espasmos, su agitación, su respiración acelerada, como se abría ofreciéndome el fruto delicioso de su placer, hasta oír sus emmmhhhs interminables.
A ella cada vez le gustaba más que llegara la hora de acostarse, extrañamente se arreglaba y colocaba su ropa interior más sensual noche trás noche, luego se ahuecaba entre las sábanas, y entre pensamientos huidizos se deslizaba en sus propios sueños, me encanta velar por su sueño e introducirme sigilosamente en los suyos.
No debió comentarlo nunca con su amiga fotógrafa, quizás a pesar de ser invisible, debí controlar el flujo de sangre caliente por las venas de mis dedos, ahora ella mira las sábanas vacías, están limpias y sus sueños están carentes de caricias.
Aviso para otros hombres invisibles: Su amiga la fotógrafa, desde hace un tiempo duerme desnuda, quizás os apetezca ver como son vuestros dedos.

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